Estar en contra de las vacunas parece estar de moda. Cada vez son más los escépticos ante este remedio que ha salvado la vida a millones de personas desde que empezara a practicarse en el siglo XVIII.

El argumento de los detractores de las vacunas, que han llegado a lanzar campañas para masificar su postura, cuestiona la eficacia de estas y alerta de su peligrosidad, asegurando que son mayores los daños ocasionados por los efectos adversos de la inmunización que los causados por la enfermedad infecciosa en cuestión.

Debido a las alarmantes cifras de casos de sarampión en niños en Estados Unidos, que se triplicaron de 2013 a 2014, un equipo de psicólogos de la UCLA y la Universidad de Illinois decidieron tomar cartas en el asunto. Así, han estado trabajando hasta encontrar un método mediante el que se consigue convencer a estas personas de que la vacuna no es peligrosa, al contrario. Eso sí, no a través de cualquier camino. Y es que, según los investigadores, frases como “el miedo a las vacunas es erróneo o sustentado en la desinformación”, o “el sarampión es una enfermedad terrible” no ayudan a cambiar de opinión.

En su estudio, el profesor de Psicología y Filosofía de la Universidad de Illinois, John Humme, y sus colegas dividieron aleatoriamente a 315 adultos en tres grupos. De los participantes, alrededor de un tercio tenía una actitud muy favorable hacia las vacunas, mientras que el resto mostraba un cierto grado de escepticismo. Sin embargo, todos ellos estuvieron representados por igual en cada uno de los tres grupos.

Uno de los grupos debía leer contenidos sobre el Control y la Prevención de Enfermedades, en los que se resaltaba la idea de que los niños deben ser vacunados contra el sarampión, las paperas y la rubeola, y se ponía de manifiesto la seguridad y la eficacia de este tipo de vacunas. Según el informe de los psicólogos, esta vía no cambió en absoluto las actitudes. Algo parecido sucedió en el segundo grupo de control, que quedaron indiferentes sobre el mismo tema ante una lectura estándar sobre la alimentación de las aves.

Los miembros del último grupo, en cambio, tenían que leer los mismos contenidos que el grupo 1, pero con algunas novedades. Los textos incluían fotografías de niños afectados por tales enfermedades, así como el testimonio de una madre sobre un episodio de sarampión que amenazó la vida de su hijo: “Pasamos tres días en el hospital por temor a perder a nuestro bebé. No podía comer ni beber, tenía puesta una vía intravenosa, y por unas horas parecía estar consumiéndose”. Esta táctica sí resultó exitosa, logrando que muchos oponentes se movieran al bando de partidarios de las vacunas.

Tras estos esclarecedores resultados, los autores del estudio han confirmado que convencer no se trata de una cuestión de confrontación, sino de intentar llegar a un terreno común mediante un argumento más realista y humano. A propósito, han concluido que existen más vías eficientes en este sentido, como mostrar vídeos de familias y médicos que adopten un enfoque optimista sobre el problema.

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