Julia no para de enviar mensajes de texto a su marido; Laura siente que no la quieren si no se lo repiten a diario; Pedro ya no compra ni los calcetines sin el consejo de su esposa… Detrás de esta dependencia con el otro para existir o del miedo de que el otro nos abandone se esconde la adicción al amor.

Se trata de un modelo relacional que se basa principalmente en la fusión. “Esta es un paso necesario en la construcción de la pareja, pero si persiste puede impedir la relación adulta”, explica la psicoterapeuta Marie-Lise Labonté. “Fuente de felicidad, la fusión inicial se convierte en una fuente de sufrimiento cuando nos atrapa en un vínculo tóxico”, añade Hélène de Roubeix, fundadora de la escuela humanista de PNL. Las formas de dependencia afectiva varían pero en muchos casos impiden el desarrollo de la persona. Es fundamental reconocerlas para poder transformarlas.

Amor, chantaje emocional y adicción

¿A veces piensas que a pesar de todo lo que haces por él, no te lo agradece lo suficiente? Con lo buena que eres con él, lo menos que debería hacer es agradecértelo. El chantaje emocional es una clara señal de adicción al amor. Este comportamiento tiene su origen en la infancia con un padre que decía: “Si no te portas bien, entonces no me quieres”. Resultado, “amor significa hacer lo que quiere el otro, de lo contrario perderé su amor”, explica Florencia Escaravage. Una vez en pareja, haremos todo lo posible para complacer al otro, con la expectativa de reciprocidad.
Para escapar de esta situación hay que tratar de aparcar las expectativas que la pareja nunca podrá satisfacer. “Prestar atención a lo que el otro hace por uno, incluso si no es lo que se espera”, sugiere Marie-Lise Labonté. Y recordar que los hombres tienen dificultad para expresar sus emociones, especialmente de la forma que una desea.

Controlar la intrusión en el amor

Su móvil suena un domingo y le preguntas quién le llama. Deja de ir a sus clases de tenis y tienes que saber por qué. En resumen, quieres estar al tanto de todos los detalles de su vida. “La dependencia de tipo intrusivo invariablemente refiere a una madre que en la infancia pedía que se le contara todo”, explica Florencia Escaravage, fundadora del portal de información amorosa Amor-Inteligencia. O que, a la inversa, colocaba al niño en el rol de confidente. “Una madre intrusiva tiene al hijo de rehén para utilizarle como un objeto de acuerdo a sus propias necesidades”, añade Hélène de Roubeix. A menudo esto es inconsciente. De adulto, esta necesidad irreprimible de estar al corriente de todo puede repetirse. Es una actitud que pone en peligro la noción de privacidad. Para ponerle fin primero habrá que establecer los parámetros de un nuevo territorio. Elegir un lugar “privado” como un cajón, un armario o un espacio de la casa solo para uno. Darse un tiempo de soledad para encontrarse consigo mismo, después de la oficina o cuando los niños están dormidos. El objetivo es trazar poco a poco los contornos de una intimidad más adulta.

Menos control en la pareja

Tú te encargas de todo: las reuniones con amigos, las llamadas de teléfono que debe hacerle a su madre, el presupuesto de las vacaciones… No puede decirse que no te implicas en la relación. Es más, te has colocado en el centro. La dependencia amorosa, tendemos a creer, se manifiesta con la sumisión. Pero no siempre es así. Dominar es el otro aspecto. Con frecuencia vinculada al deseo inconsciente de controlar al otro, “esta necesidad también esconde el miedo que tenemos del otro, la incapacidad de confiar en el otro, la necesidad de permanecer vigilantes”, reflexiona Hélène de Roubeix. Se actúa de esta manera, heredada del pasado y a menudo vinculada a figuras paternas muy controladoras, porque no se sabe de qué otra manera expresar el amor. El primer paso para avanzar hacia una mayor autonomía es cuestionar el modo de funcionamiento. “Hay que tratar de repartir responsabilidades, quién hace qué, y una vez acordado, no intervenir en lo que hace el otro”, sugiere Marie-Lise Labonté. Se necesita valentía para hacer cambios, pero el resultado vale la pena.

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