El Gobierno chino acaba de disolver la política del hijo único, pues el envejecimiento de la población comienza a evidenciarse. Sin embargo, para la mayoría, los 35 años de vigencia del “experimento social” dejaron un sinnúmero de desequilibrios.

Ahora las parejas en el gigante asiático tienen la posibilidad de tener dos hijos luego de estar restringidas a tener solo uno por más de tres décadas, según el anuncio reciente del Gobierno chino.

Aunque la noticia es sorpresa para muchos, según The economist, la flexibilización de esta política de natalidad, se veía venir desde hace tiempo, pues los demógrafos chinos habían alertado acerca del rápido envejecimiento de la población junto con un descenso abrupto de la tasa de nacimiento exacerbado por la política del Gobierno. Lo anterior, implica una alerta sobre la sostenibilidad de la capacidad productiva del país en el largo plazo.

El fin de la política se veía venir por los ajustes que atravesó desde su implementación en 1979. De acuerdo con The Economist, había casos excepcionales en que la política era menos restrictiva dependiendo de sus condiciones socioeconómicas que permitirían tener dos hijos.

Por ejemplo, para los casos en los cuales el primer hijo de la pareja fuera una niña, se les permitía tener otro más pero solo para las personas que vivían en el campo. Mientras que para las parejas viviendo en zonas urbanas, el Gobierno había permitido que las parejas tuvieran dos hijos si los dos padres eran hijos únicos, para luego en el 2013, permitir tener dos hijos a las parejas si alguno de los padres cumplía con el requisito propuesto.

Las consecuencias de la política

La tasa de natalidad en China ha caído desde 1979 y la tasa de crecimiento de la población se ha convertido en un 0,7% en la actualidad, que era lo ideal dentro de la estrategia del Gobierno, sin embargo, el impacto social que vino detrás sugiere más problemas de los esperados.

Algunos observaban la política como un experimento social fracasado por los desequilibrios demográficos que trajo consigo, los alcances sobre la vida de las personas, además de la violación de los derechos de las parejas.

De acuerdo al diario español El país, “el experimento” ha generado que “millones de chinos no tengan documentos de identidad porque sus padres tuvieron que ocultarlos, que mujeres fueran abandonadas recién nacidas y que millones de ancianos no tengan familiares que los atiendan (particularmente por la falta de mujeres)”, por lo que esto supone un verdadero “drama humano”.

Además de esto, el New York Times sugiere que en China, nació la necesidad de buscar esposas por el desequilibrio demográfico dada “la limitación de un hijo único, la preferencia cultural por hombres, y la práctica del aborto selectivo” lo cual contribuyó a que en China nacieran 117 niños, por cada 100 niñas y que en el 2000, el 90% de los abortos registrados fueran niñas.

Como resultado, el equilibrio de género de la población china se ha distorsionado, y se estima que hoy los hombres superan a las mujeres en más de 60 millones, de acuerdo a la BBC.

Pese a que el Gobierno asegura que la política ha ayudado a prevenir el nacimiento de alrededor de 400 millones de personas, The Economist explica que el éxito en la reducción de las tasas de nacimiento ocurrió antes de que se implementará la política, en los años 70s, y las disminuciones en las tasas de natalidad posteriores pudieron estar relacionadas con la falta del deseo de tener más hijos, posiblemente debido al rápido crecimiento en los precios de la vivienda, la educación y la salud que desincentivan aumentar la familia.

Después de la flexibilización de la política en el 2013, el Gobierno esperaba que dos millones de parejas trataran de tener un segundo hijo bajo las nuevas reglas durante el primer año. Pero para finales del 2014 tan solo 1,1 millones lo solicitaron, señaló The Economist.

De acuerdo a la revista británica, una de las razones por las que el Gobierno se aferró a esta estricta política por más de tres décadas es que hay una burocracia gigante encargada de aplicarla y de velar por su cumplimiento y “ningún funcionario quiere admitir que el trabajo que hace es una pérdida de tiempo”.

Adicionalmente, por el capital que se ha invertido para defender la política (a pesar de ir en contravía de los derechos humanos), ya que el Gobierno argumentaba que la medida generaría riqueza.

The Economist concluye que en China circuló por décadas propaganda insinuando que “tenían mucha gente”. Sin embargo, “le llevará tiempo al Gobierno armarse de valor” para admitirle a la población que esto no es cierto.

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