Las nuevas tendencias sobre la importancia que tiene el cuidarnos de los alimentos que consumimos, nos lleva con mucha frecuencia a la búsqueda de información sobre ellos, encontrando que casi todo lo comestible ya posee algún tipo de etiqueta moral sobre su relación con nuestras necesidades, y con lo que pretendemos identificar si es bueno, saludable, nutritivo e inclusive si nos ayudará a adelgazar, no obstante, los calificativos opuestos también abundan, dejándonos muchas veces alarmados innecesariamente en contra de alguno de nuestros bocadillos predilectos.

Te has preguntado realmente, ¿de dónde vienen los consejos sobre lo que debemos o no comer? Y más aún, qué tan confiable puede ser esa información, ¿qué tal si lo que deberías cuestionar no es lo que comes, sino lo que lees?

Pues bien, al investigar un poco más a fondo sobre el origen de estas sentencias, nos encontramos con que la gran mayoría de la información que se divulga sobre las cualidades de los alimentos, en realidad se genera como producto de estudios que se realizan mayormente a través de encuestas, en donde los especialistas en el área recaban la información que desean por medio del Cuestionario de Frecuencia Alimentaria (CFA), sobre el tipo de alimentos y las frecuencias de consumo en cada participante encuestado.

Veamos entonces un poco más a fondo sobre la naturaleza de las CFAs y analicemos lo que realmente concluyen.

Si tuvieras en este momento una de estas encuestas en tus manos, el primer recurso que necesitaras sería tu memoria, pues deberás rellenar un gran número de preguntas en base a lo que has estado comiendo durante un tiempo determinado.

Y ya ahí empezaron los problemas, ¿qué tan confiable puede ser tu memoria sobre este tema?  En realidad crees que podemos recordar todo cuanto comemos y las cantidades exactas y cómo nos sentimos después.  Qué hay con los alimentos que por su procesamiento quedan tan transformados que ni siquiera los reconocemos en nuestro plato… y así, una avalancha más de incertidumbres que nos llevan a pensar que tal vez, en realidad este tipo de estudios no sean los más aptos a la hora de criticar y decidir lo que esté bien o no para el menú.

Una opción que ha pretendido resolver algunas de las fallas de estas encuestas ha sido la de crear registros por medio de sondeos de corto plazo, pero esto implica que quien lo realice lleve un diario sobre todo lo que va comiendo en cada momento, así que podrás imaginar lo tedioso que se puede volver el cuantificar todo lo que una persona va ingiriendo en sus alimentos, llegando inclusive a terminar por abstenerse de comer tal o cual cosa, con tal de no tener que escribir a detalle cómo está compuesto, imagínate tan sólo si te tocara describir todo lo que hay dentro de un pudín, para saber exactamente qué estás comiendo con cada cucharada, no sólo te quita el tiempo, sino también el gusto por el pobre pudín, que seguramente estaba exquisito.

De este modo, ésta última herramienta para pretender encontrar las respuestas sobre lo que debes comer o no, también está resultando ser una fuente de incertidumbres inimaginables, tan amplias como la cantidad de variables que en ellos se manejan y que en realidad no están siendo de ninguna ayuda concreta a la hora de encontrar posibles vínculos entre las enfermedades y lo que comemos.

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