Historiadores y periodistas no han dudado en afirmar que “la Mafia y la nueva nación de Italia nacieron juntas”, ello se debe a que las primeras noticias sobre su existencia comenzaron a salir de la isla de Sicilia, coincidiendo con su conquista en 1860 por parte de Giuseppe Garibaldi y sus mil camisas rojas, que consiguieron derrotar a un ejército borbónico notablemente superior en número, incorporando así la isla al naciente reino de Italia.

Aunque nada pinta mejor en el currículum militar que la derrota de un enemigo más poderoso, algunos historiadores se han referido a la ayuda extraoficial con que contaron los mil hombres garibaldinos. No quiere decir esto que todos los sicilianos, ni siquiera una mayoría, que participaron en la luchas fueran mafiosos. Pero, cuando llegó el momento de repartirse el poder en la tierra conquistada, no desaprovecharon la oportunidad.

En los años posteriores a 1860 tejieron una red de favores, terror e influencia por toda la isla, con la cooperación de los jefes de la nueva y poderosa burguesía agraria, los primeros capos. Estos jefes se sumaron con fervor a la causa garibaldina y el general “no hiló demasiado fino en la selección de las cualidades morales y los antecedentes penales” de sus nuevos seguidores, según apunta Giuseppe Carlo Marino en su Historia de la Mafia (Ediciones B, 2005).

El resultado indirecto de la campaña garibaldina fue el establecimiento de la Mafia siciliana como una estructura bien organizada, cuyas relaciones de favores mutuos, intimidación y subordinación se extendían por todos los ámbitos, desde las iglesias y los ayuntamientos de los pueblos más humildes a los palacios de la aristocracia: un escenario perfecto para conspirar e influir.

Antes de que finalizara el siglo XIX, el poder conspiratorio de la mafia quedó bien patente con el asesinato del marqués Emanuele Notarbartolo, cuya investigación –impulsada por su hijo ante la pasividad de las autoridades– fue revelando capas de corrupción que afectaban a diversos estamentos.

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