Sentimos hambre dos, tres veces al día. Pocas sensaciones hay tan constantes como el hambre, y sin embargo somos poco previsores.

Aunque hoy hay suficiente comida para todo el planeta, en 35 años habrá más de 9.000 millones de bocas que alimentar y la demanda crecerá un 60 por ciento, según los cálculos más optimistas. ¿Cree que habrá para todos?

La respuesta depende en gran medida de lo que hagan la media docena de empresas que dominan el mercado agroalimentario. Juntas manejan una industria que emplea a más de mil millones de personas –un tercio de la fuerza laboral mundial–, y que estávalorada en 2,6 billones de dólares, según un informe de Bank of America Merrill Lynch; una cifra que equivale al 3 por ciento de la economía global.

Su poder es tal, que pueden decidir lo que se come, desde el suelo que se utiliza para cultivar y la semilla que se siembra hasta el modo en que se presenta en el supermercado. Solo Nestlé, el gigante suizo de la comida, obtuvo 100.000 millones de dólares el año pasado con las ventas de sus 73 marcas, según Forbes.

Otro ejemplo claro es el cereal, donde las principales comercializadoras de materias primas –Archer Daniels Midland, Bunge, Cargill y Louis Dreyfus, conocidas como las ABCD– son las que toman las decisiones de hasta el 90 por ciento del comercio mundial de este insumo.

Y la tendencia a la concentración va en aumento: hace apenas tres meses, dos de las grandes marcas de alimentos envasados, Kraft y Heinz, anunciaron su fusión en una operación orquestada por el magnate Warren Buffett y la firma brasileña 3G Capital Partners LP, creando así una de las mayores compañías de alimentos y bebidas del mundo.

Como describía Jeremy Hobbs en el 2012, entonces director ejecutivo de Oxfam International: “Estas empresas no solo operan con las materias primas en su estado físico, sino que lo hacen desde el terreno donde se producen y a lo largo de toda la cadena hasta el procesamiento de los alimentos. Suministran semillas, fertilizantes y agroquímicos a los productores (…). Actúan como propietarias de la tierra, productoras ganaderas y avícolas, procesadoras de alimentos, transportistas y productoras de biocombustibles, así como proporcionan servicios financieros en los mercados de materias primas (…). Los precios de los alimentos, el acceso a recursos escasos como la tierra y el agua, el cambio climático o la seguridad alimentaria, todos ellos se ven afectados por las actividades de estas comercializadoras”, decía.

Pero lo más preocupante, según advierten expertos, es que la producción de alimentos para el consumo humano debe competir con la rentabilidad que estas megamultinacionales obtienen de sus otras áreas de negocio: la alimentación animal –el 60 por ciento del incremento en producción de alimentos que se produzca hasta el 2025 estará destinado a piensos– y la producción de biocombustibles, principalmente.

Y la balanza no está en favor de la comida. Por ejemplo, el 12 por ciento del maíz consumido en todo el mundo en el 2007 se destinó a producir etanol, y ya era el doble que en el 2005. Tres años después ese porcentaje creció hasta el 40 por ciento, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

A eso se suma que, para enfrentar los desafíos futuros, como ampliar los terrenos para agricultura, tecnificar los cultivos y combatir el cambio climático, la industria debe estar dispuesta a hacer inversiones del orden de los 83.000 millones de dólares al año, según la FAO. ¿Y si no?

¿Dónde queda entonces la seguridad alimentaria?
Presiones al agricultor

En el mundo hay 570 millones de explotaciones agrícolas. Cerca de nueve de cada diez están dirigidas por una persona o familia y abarcan menos de dos hectáreas. Pero a pesar de que son responsables del 80 por ciento del total de los alimentos que se producen, apenas tienen poder de negociación para vender sus alimentos.

En su último informe, ‘El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo’, la FAO afirma que en las pequeñas explotaciones agrícolas “la productividad de la mano de obra es menor y la mayoría de los agricultores familiares son pobres y están afectados por la inseguridad alimentaria”.

Que las presiones sobre los agricultores ha ido en aumento es un hecho: en 1990 solo 12 países africanos se enfrentaban a crisis alimentarias, de las que cuatro eran crisis prolongadas. Dos décadas después, un total de 24 países atravesaban crisis alimentarias y 19 de ellos habían estado en crisis por ocho años o más en la última década.

En Occidente esa presión ha tenido también algunos resultados nefastos. Por ejemplo, lo que se conoce como el hambre oculta: la falta crónica de vitaminas y minerales. Es el caso de la vitamina A, cuya deficiencia en alimentos procesados deja ciegos a 500.000 niños cada año, y la mitad de ellos eventualmente mueren, según la Organización Mundial de la Salud. (Vea en imágenes: Vivir con un dólar diario, los rostros de la pobreza en el mundo)

O el escándalo en China de la leche en polvo contaminada con melamina, que en el 2008 dejó 6 bebés muertos y más de 300.000 afectados, y que se ha revivido en los últimos días tras detectar niveles excesivos de nitratos en productos lácteos del mismo país. Todo eso sucede en un contexto en el que 795 millones de personas están subalimentadas, pese a que se ha logrado reducir la desnutrición en las regiones en desarrollo en 10 puntos; del 23,3 por ciento que había en 1990 al 12,9 por ciento este año. Eso ha hecho a su vez que la demanda de alimentos crezca, y no solo por el aumento de la población: la clase media en todo el mundo, especialmente en China e India, está impulsando un mayor consumo de carne, huevos y productos lácteos, lo que aumenta la presión para producir más maíz y soya para alimentar a su vez más ganado, reseña National Geographic.

La amenaza climática

En el juego de poderes por rentabilizar la alimentación hay otro factor, y es que el cambio climático ya está afectando la productividad de los cultivos de todo el planeta. Y la propia agricultura es una de las mayores responsables: se calcula que el 14 por ciento de las emisiones totales de gases de efecto invernadero provocadas por el ser humano pueden atribuirse a la agricultura, principalmente a la de tipo industrial. La misma proporción con la que contribuye el sector ganadero.

Según Oxfam, si no se produce un cambio sin precedentes, la temperatura podría crecer entre 4 °C y 6 °C; y “un aumento de esta magnitud podría exponer a 400 millones de personas a una grave escasez de alimentos y agua a mediados de siglo”.

En otro informe de Oxfam publicado este mes con el título ‘Que coman carbón’, la organización señala que las centrales térmicas de carbón del G7 emiten el doble de CO2 que el conjunto de África; y sin embargo, su contribución al calentamiento global le costará a ese continente más de 43.000 millones de dólares anuales de aquí al 2080, “además de provocar la pérdida de miles de toneladas de cultivos básicos en todo el mundo”.

Las empresas también lo resienten: Unilever declaró que pierde 415 millones de dólares al año a causa de fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones y frío extremo.

Es más, la FAO ha estudiado cómo la concentración de dióxido de carbono disminuye la cantidad de zinc, hierro y proteínas, y aumenta el contenido de almidón y azúcar en algunos de los principales cultivos, como el trigo y el arroz.

El reto de combatir el cambio climático es aún mayor con unas expectativas de crecimiento de cultivos altas: según la FAO, hasta 2050 la tierra cultivable deberá crecer un 70 por ciento para abastecer a todo el mundo y se necesita un incremento de 64.000 millones de metros cúbicos de agua dulce cada año.

En el prólogo del libro Cambio climático y sistemas alimentarios, lanzado el 18 de junio, la directora general adjunta de la FAO para Recursos Naturales, María Helena Semedo, alerta de la necesidad de un “enfoque más preciso en los factores principales de la adaptación climática, incluyendo el papel potencial del comercio para mitigar algunos de los efectos negativos del clima en la producción mundial de alimentos”.

Entonces sucede otra paradoja: la agricultura es uno de los usuarios más sedientos de agua y uno de los más grandes contaminadores de sus reservas al mismo tiempo. Los fertilizantes y estiércoles dañan lagos, ríos y ecosistemas costeros de todo el mundo. Y su sed de acaparar recursos va más allá del agua: la agricultura también acelera la pérdida de biodiversidad al destruir bosques y pastizales para implantar cultivos.

La tecnología parece ser por ahora la única aliada. Y además, es rentable: según le dijo Sarbjit Nahal, estratega de Bank of America Merrill Lynch al diario El País, “la inversión en I+D agrícola continua siendo una de las más productivas ahora mismo. Ofrece tasas de retorno de entre el 30 y el 75 por ciento”.

El principal desafío es múltiple. A la vez que se tiene que aumentar la producción de alimentos un 60 por ciento en 35 años, hay que hacer que ese 60 por ciento llegue a todos los ‘platos’. Y, además, ese salto hay que hacerlo de manera sostenible, no como ahora. Y todo esto en un mundo donde cada vez se desperdicia más comida: 222 millones de toneladas de alimentos al año solo en los países ricos.

Un tercio de la comida se desperdicia

Un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano se desperdicia en todo el mundo, lo que equivale a cerca de 1.300 millones de toneladas al año. Y esta pérdida se da en toda la cadena productiva: 28 por ciento en consumo, 28 por ciento en producción, 22 por ciento en manejo y almacenamiento, 17 por ciento en mercado y distribución y 5 por ciento durante el procesamiento.

Solo los 222 millones de toneladas de alimentos que se desechan al año en países ricos equivalen casi a la producción neta de alimentos de los países del África subsahariana.

Estos alimentos “no solo no llegan a las personas que sufren hambre, sino que producirlos extrae nutrientes fundamentales del suelo y puede limitar la capacidad de las tierras”, señala la FAO.

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