¿Qué nos pasa por la cabeza a los hombres cuando estamos allí, de pie en el altar, vestidos de gala a punto de recibir a la mujer que habrá de ser nuestra esposa por siempre?

Se bromea que los hombres somos reacios a formalizar la relación con nuestra novia, aún después de un largo vínculo estable. Quizás porque se dice que perderemos nuestra libertad, que nos someteremos al “tremendo yugo” del matrimonio.

Para el hombre, a menudo, casarse significa en primer lugar considerar la opción del divorcio. Y comienza a lanzar comentarios de este tipo: “¿Por qué casarnos si somos felices tal y como estamos?” Aunque sienta que aquella es la mujer elegida para acompañarlo toda la vida, el miedo de exponerse ante la posibilidad de pasar por un divorcio nos aterroriza.

Inclusive, nos inquieta que deberemos cambiar de equipo. Una vez que hayamos dado el “sí”, cuando nos reunamos con los amigos para jugar ese partido de fútbol que nos reúne semanalmente, nos alistaremos en el bando de los casados. Ya nunca más militaremos en el grupo de los indomables solteros… ¿Nos dará nostalgia?

En el momento en que el novio está a punto de convertirse en cónyuge, en la soledad del recinto religioso, o en el solemne despacho del Juez de turno, con la presión de familiares y amigos expectantes, se enfrentará al fin de la soltería.

En la cabeza masculina posiblemente se sucederán imágenes de los tiempos dorados joven autónomo. Estará próximo a dejar atrás la apreciada independencia. Las mujeres no lo interpretarán y los hombres ya casados lo habrán olvidado. Tomar la decisión de contraer matrimonio es un momento de extrema bravura.

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