Ocurre en países a lo largo de todo el mundo. Los graduados de un pequeño grupo de universidades prestigiosas acaparan los mejores trabajos.

Meritocracia, dicen unos. Elitismo, responden otros.

Y en el medio, algunos discuten acerca del papel que debería tener la universidad específica de dónde alguien se gradúa a la hora de determinar sus posibilidades laborales.

En Reino Unido, una importante empresa de consultora empresarial decidió este mes que usar la universidad como un criterio de selección de sus empleados era contraproducente.

La firma en cuestión, Deloitte, anunció que había cambiado el proceso de selección de personal para que los encargados del reclutamiento de nuevos empleados en la firma no supieran la universidad en donde estudió el candidato a la plaza.

Así Deloitte espera combatir lo que denomina como “prejuicios inconscientes” sobre las universidades de origen de los aspirantes y buscar talento en un campo más amplio, que no se reduzca a las universidades más tradicionales, asegura el corresponsal de educación de la BBC, Sean Coughlan.

La empresa asegura que en parte la motiva una preocupación cívica: mejorar la movilidad social en el país.

Pero David Sproul, ejecutivo de la firma, asegura también que la medida le conviene a Deloitte, pues las compañías necesitan “contratar personas que sepan pensar e innovar de modos distinto, que vengan de contextos diferentes y traigan consigo una gama de perspectivas”.

Varias de las multinacionales que compiten con Deloitte en Reino Unido han adoptado medidas similares, asegura nuestro corresponsal.

La firma de contaduría Ernst and Young, por ejemplo, “eliminará todos los detalles académicos y educativos de su proceso de solicitud de empleo”, indica Sean Coughlan de la BBC.

¿Élite académica o social?

En el centro de la discusión está la pregunta de si esas universidades prestigiosas reflejan una élite académica, que merece consideración especial por sus méritos académicos, o más una élite social, en donde los privilegios y prejuicios son transmitidos de generación en generación.

Grado universitario

 

Una pregunta que está, por supuesto, lejos de contestarse. En Reino Unido, una proporción inusualmente alta de los mejores puestos en el gobierno y el sector privado son ofrecidos a graduados de las universidades de Oxford y Cambridge, que son las que hace siglos educan también a los hijos de las familias más prestantes.

De Oxford han sido dos de los últimos tres hombres que han ocupado el puesto de primer ministro, incluyendo al actual, David Cameron.

Y un informe de la Comisión de Movilidad y Pobreza Infantil del gobierno británico reportaba en 2014 que el 75% de los jueces, 59% ministros del gabinete y 18% de los ejecutivos de las empresas más grandes del país eran graduados de apenas dos universidades: una vez más, Oxford y Cambridge.

Entre oportunidad y privilegio

Estados Unidos, país que gusta verse a sí mismo como igualitario y con igualdad de oportunidades, es también desproporcionado el número de personas de gran éxito profesional que estudiaron en las universidades socialmente más exclusivas, conocidas como el “Ivy League”, que incluyen a Harvard, Princeton y Yale, entre otras.

Universidad de Oxford

En 2013, de los gerentes de las 100 empresas más grandes de Estados Unidos, 13% habían adelantado estudios de pregrado en una de las universidades del grupo de las “Ivy League”, pese a que esos centros académicos gradúan un porcentaje minúsculo, muy inferior al 1%, del total de estudiantes en ese país.

Es una situación que se repite en muchos países de América Latina.

Universidades como la Católica en Chile, o Los Andes en Colombia, para mencionar apenas dos, reciben constantes críticas que las acusan de ser bastiones de privilegio y favoritismo que acaparan oportunidades laborales no disponibles al resto de sus compatriotas.

Entrevista

Las respuestas de las universidades de élite se parecen muchas veces, independiente del país donde estén ubicadas.

Tanto en Estados Unidos como en Europa y América Latina muchas responden asegurando, con razón, que sus estudiantes frecuentemente obtienen los mejores resultados en pruebas académicas.

Y que es la calidad de sus graduados, no sus conexiones sociales, lo que determina su fácil tránsito por el mundo laboral.

Aclaran además que, pese al aura de elitismo y el alto costo de sus matrículas, cuentan entre sus estudiantes con personas provenientes de todos los estratos sociales, muchas veces a cuenta de un enorme sacrificio familiar o personal, atraídos por la promesa de una educación excelente que les abra puertas en el futuro.

Pocos dudan que el nombre de la universidad es una carta de presentacion importante a la hora de pedir trabajo en America Latina, especialmente para los recién graduados.

“En las primeras etapas de la carrera, en las empresas de talla mundial en America Latina, el nombre y calidad de la universidad en donde estudió el solicitante es muy importante”, le dice a BBC Mundo Sergio Averbach, presidente para America Latina de KornFerry, una empresa internacional de cazatalentos empresariales.

“Sin embargo, a medida que el individuo progresa en su carrera, esto se vuelve secundario y a nivel de ejecutivos senior, es practicamente irrelevante” , aclara Averbach, agregando que a ese nivel importan mas aspectos como la capacidad de toma de decisiones y la competencia emocional del aspirante.

En cualquier circunstancia, el hecho de que empresas privadas como Deloitte hayan decidido adoptar por su cuenta y riesgo procedimientos de reclutamiento que específicamente ocultan la universidad de origen de los aspirantes a empleo en sus firmas, sugieren que, como mínimo, hay dudas acerca de la conveniencia de concentrar el ofrecimiento de oportunidades laborales en los graduados de tan pocas universidades, sean meritocráticas o no.

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