La Navidad nos trae a todos el recuerdo infantil de su celebración familiar. En la memoria de mi niñez –de la que tantas cosas se han esfumado– conservo, en cambio, nítidamente la percepción de que en días tan señalados como el de Navidad el tiempo no tenía ninguna importancia.

Llamaban mi atención, entonces, los regalos, la abundancia en las comidas pero sobre todo el tiempo que en esas fechas se regalaban unos a otros. Además, para mi abuelo y para mi madre claramente en el amor había cantidad: “Nos hemos juntado cuarenta y hemos estado hasta las tantas”, decían con satisfacción sin prestar atención ninguna al trabajo que les había supuesto acoger y alimentar a muchos.

En aquellos días de gran reunión familiar las conversaciones de sobremesa entre los mayores se prolongaban indefinidamente. Solo eran interrumpidas por los villancicos ante el pesebre, seguidos de un repertorio de canciones populares, algunos juegos de niños y de mayores, y la despedida ocasional de alguno que tenía que marcharse o la bienvenida de algún otro grupo de la parentela que venía a felicitar la Pascua.

Parecía como si los relojes se hubieran parado o el tiempo viejo hubiera terminado. Estábamos de fiesta: Dios había nacido y teníamos todo el tiempo del mundo para Él y para nosotros.

Este es el mensaje central que la Navidad quiere recordarnos año tras año. No es un penoso recordatorio de que cada vez está más lejos nuestra infancia o de que somos un año más viejos. No.

El tiempo en Navidad se expande al compartirlo

Se trata de la gozosa enseñanza del Dios hecho niño: el tiempo no es un recurso escaso, sino que verdaderamente se expande al compartirlo. El Señor de la historia espera nueve meses en el seno de María, vive una infancia y juventud del todo normal en su época y no tiene prisa por llevar a cabo su misión redentora. Y cuando la lleva a cabo, lo que hace es dedicar su tiempo a los que tiene a su alrededor.

La Navidad nos enseña que el tiempo no es oro, sino que es amor, cariño, ternura, esto es, atención afectuosa a los demás.

Replicando a Gekko –de la película Wall Street– la Navidad nos dice que Greed is bad (la codicia es mala), que la ambición avariciosa es mala, tal como aprendimos todos del inolvidable Ebenezer Scrooge en el Cuento de Navidad de Dickens.

No es esto simple “ternurismo buenista”. Al contrario, tal como han detectado también muchos estudiosos de la actual crisis financiera, son muy probablemente quienes se han preocupado solo de su medro personal en instituciones bancarias y similares –sin prestar atención a las nefastas consecuencias de sus actos sobre los demás– los responsables inmediatos de la crisis: se trata de una crisis ética.

En las últimas semanas viene a verme periódicamente una valiosa alumna que quiere ser escritora para que revisemos sus textos. Cuando le escribo por correo electrónico mis sugerencias nunca deja de decirme: “Gracias por su tiempo”.

Me impresiona a mí que me dé gracias por algo que hago tan gustosamente, pues aprendo siempre mucho de ella. Su ejemplo traía a mi cabeza que, en el fondo, lo que hacemos en Navidad es celebrar por todo lo alto que el Dios eterno, el único Señor del tiempo, haya comparecido personalmente en el tiempo hace cosa de 2015 años en la aldea de Belén, próxima a Jerusalén.

Le damos gracias con las canciones, las oraciones y los regalos, pero sobre todo, lo celebramos compartiendo con los demás el tiempo que Él nos ha regalado. De esta manera, el tiempo en Navidad crece y nosotros crecemos también.

La Navidad quiere recordarnos, año tras año, esa gozosa enseñanza del Dios hecho Niño: el tiempo no es un recurso escaso, sino que verdaderamente se expande al compartirlo.

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