Es difícil creer que la bola de pelos a la que adoras, la misma que le hace bien a tu salud y emite ronroneos específicos para ti, conserve una cuota de animal salvaje en sus genes; pero también es cierto que esta idea no se hace tan lejana cuando la ves persiguiendo ferozmente a cualquier ser volador que se aventure en su territorio. Entonces, ¿dentro de qué categoría deberíamos considerar a los gatos? La respuesta sigue enfrentando a biólogos, veterinarios y hasta juristas.

El problema de base para esclarecer esta incógnita pareciera radicar en el concepto mismo de ‘domesticación’. Si para algunos el mismo responde a la capacidad de un animal de ser manso y poder vivir, generación tras generación, con el ser humano, todos estaríamos de acuerdo con que los gatos definitivamente responden a la misma. Pero hay quienes definen al concepto a partir de los cambios genéticos y de comportamiento complejos en una criatura de adentro hacia afuera: premisa que muchos entienden como no cumplida por los pequeños felinos (especialmente si se los compara con los perros).

El biólogo de la Universidad de Washington Wes Warren se encuentra entre éstos últimos. Su postura deriva de los resultados arrojados por su estudio sobre el genoma gatuno, en el que encontró que si bien algunos aspectos en él se han modificado, los mismos no bastan para afirmar que se trata de un animal domesticado (lo que sí sucede en el caso de los perros). En su lugar, propone categorizarlo como ‘semidomesticado’ y subespecie del gato salvaje. Esto concuerda con el hecho de que existan mininos que parecen de peluche y otros más nerviosos y agresivos.

Además, Warren advierte: “Los gatos solo acuden a ti en busca de afecto cuando les da la gana. […] prácticamente cuidan de sí mismos”, siendo capaces de cazar para alimentarse y de volverse aún más salvajes si no son criados por humanos. De todo esto deriva la siguiente pregunta: “¿Si un animal no nos necesita, realmente lo domesticamos?”.

Se estima que su domesticación se inició con el almacenamiento de la producción agrícola, cuando el hombre entendió que los gatos podían deshacerse de los roedores que la amenazaban

Claro que sí, es lo que responde el biólogo evolutivo de la Universidad de Oxford Greger Larson, para quien un gato puede llegar a ser tan dócil y afectuoso como un perro.

Dentro de su teoría, los gatos sufrieron una transformación notable en su comportamiento desde que entraron a la sociedad humana (unos 10.000 años atrás) y, a diferencia de especies salvajes como el gato montés, los ejemplares que viven junto a nosotros son verdaderas “esponjas de amor”, dispuestos a compartir sus días con los humanos. “Buena suerte tratando de conseguir que una cabra o una oveja pase la noche en tu casa”, desafía el biólogo.

Por su parte, el editor de Science David Grimm se coloca en la misma vereda que Larson. En su libro Ciudadano Canino: Nuestra evolutiva relación con gatos y perros recopila interesantes casos en los que diversos juristas debieron determinar si los gatos podían o no ser considerados como animales domésticos (la jurisprudencia actual estadounidense indica que sí), y ahonda en la discusión sobre la posibilidad de que estos animales sean considerados personas jurídicas.

Su argumento es que “los gatos son descendientes de algunos de los depredadores más temibles del mundo. Pueden ser distantes y misteriosos, y cuando salen se mezclan en el mundo salvaje, al acecho, gruñendo y saltando con sus ojos muy abiertos, las orejas hacia atrás, sus dientes al descubierto”. No obstante, continúa: “Hacen todo para estar con nosotros (…). Cuando cruzan nuestros umbrales, la bestia se desvanece”. Después de todo, agrega Grimm, todos sabemos que aunque “los gatos puedan haber conservado un poco de su ascendencia salvaje, siempre vuelven a casa”.

¿Tú qué crees?, ¿de qué lado se encuentra tu amigo de cuatro patas, del salvaje o del doméstico?

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