Fue un ejemplo extremo, pero también un comentario muy molesto.

Recientemente una mujer observó a un hombre en un Walmart que empujaba la cesta de compras con una niña que lloraba al llevar su cabello envuelto alrededor del manubrio. El incidente desató un debate sobre cuándo un espectador debe decir algo sobre cómo disciplinan los otros padres.

¿Qué pasa cuando la seguridad no está en riesgo? ¿Hay algún momento que sea adecuado para decirle a alguien que no estamos de acuerdo con su modo de crianza?

Gretta Keene, una psicóloga de Brooklyn, tenía una amiga que había adoptado un hijo e insistía en nunca decírselo al niño. Puesto que había lidiado personalmente con pacientes que compartían experiencias en este delicado tema, Keene estaba consciente de los posibles problemas a futuro. Se trataba de una amiga cercana, así que le dio su consejo gratis: “Creía que había otras formas de manejar la situación y solo dije que su elección podría traer consecuencias no intencionadas”, recuerda.

¿Cómo recibió estas palabras? “Su reacción fue terminar nuestra relación de muchos años”.

John Jacobs, psiquiatra y profesor asociado de terapia familiar en la Universidad de Nueva York, señaló: “Siempre apuestas cuando discutes las vidas de los otros, en especial, cuando tiene que ver con sus hijos. Es peligroso llegar a eso, y por lo general no termina bien”.

Dos parejas que conozco llegaron a un tenso punto muerto cuando el hijo de una de ellas decidió cancelar unas vacaciones de primavera organizadas con el hijo de la otra. ¿Por qué lo hizo? Porque recibió una “oferta” mejor. Los chicos siguieron siendo amigos, pero los padres no.

La cuerda floja emocional más intimidante es la de cuestionar el estilo de crianza de nuestros propios hijos convertidos en padres. Hace poco desayuné con tres abuelas relativamente nuevas, todas las cuales reconocieron lo seguido que se quedan con sus palabras en la punta de la lengua. Una siente que su nieto es distante y podría hacer más contacto visual, pero le da miedo mencionárselo a su hija, quien generalmente está a la defensiva. La segunda le pidió a su esposo hablar con su hijo respecto del “mal comportamiento” de su nieto de cuatro años.

La tercera contó que tuvo que reprimir la expresión oral de su incredulidad cuando su hija llevó a su nieta de tres años a terapia ocupacional porque no comía fruta. “Sugerí que tal vez estaba entrando en pánico muy pronto, y que ella misma se había pasado un año completo comiendo solo sándwiches de queso”, dijo. “Cuando la terapeuta también le dijo que era necesaria una perspectiva a largo plazo, mi hija me dijo: ‘Está bien, pero no vuelvas a meterte en esto’. Así que ahora tenemos lo que llamamos la regla de ‘solo una vez’”.

Por supuesto, hay ocasiones en las que se requiere algún tipo de intervención. Sandy (quien no quiso que se usara su nombre completo) consideró que su hijo sobrellevaba bien su primer año de universidad hasta que recibió lo que primero entendió como una llamada molesta de la madre del compañero de cuarto de su hijo.

“Comenzó por preguntarme si había hablado recientemente con mi hijo, si me sentía preocupada y cosas por el estilo”, relató Sandy. “Estaba a punto de colgarle cuando me dijo que al parecer no había estado asistiendo a clases y pasaba la mayor parte del tiempo en su dormitorio. Llamé a la escuela pero, debido a una ley, no pueden decir nada sin consentimiento del alumno. Terminamos yendo a Michigan, donde nos encontramos con un hijo muy perdido y confundido. Sobra decir que, al final, estaba muy agradecida por esa llamada”.

Aunque la vida de cada hijo tiene su propia trayectoria, y cada familia su propia dinámica, hay un consejo general que va bien con todos. “La crianza es una habilidad aprendida y, como cualquier otra, puede necesitar de algunos consejos educativos o brindados por otros padres”, señaló Donna Naftalis, una abuela que trabajó en desarrollo infantil temprano. “Los grupos de apoyo que ofrecen instrucción guiada son valiosos para establecer nuevas amistades entre los nuevos padres, y pueden ofrecer retroalimentación comprensiva por parte de otros que han pasado por lo mismo”.

El Dr. David Anderson, director del Centro de TDAH y Trastornos Conductuales en el Instituto de Salud Mental Infantil de Manhattan, sugirió: “Comparte tus propias fallas posibles y suaviza cualquier comentario al señalar primero las fortalezas de las personas”.

Mi propia madre fue ejemplar como madre y abuela, pero no fue sino hasta su funeral cuando una amiga suya me dijo: “Tu madre decía que una de las grandes sorpresas de su vida fue lo buena madre que resultaste ser”. Desearía haberlo escuchado directamente de la fuente original.

Mientras tanto, procede amablemente y considera las palabras de Judith Viorst, abuela y autora de un libro para niños. Escribió un libro sobre lo que sucedió cuando su hijo adulto Alexander se mudó de nuevo a su casa extremadamente ordenada con su esposa y tres hijos.

Señala que los consejos sobre la crianza de otros siempre terminan sonando a crítica, “sin importar cuán adorablemente se expresen”.

“Esto es lo que pienso sobre dar consejos no solicitados”, dijo Viorst. “No los des”.

Artículo original en inglés publicado por The New York Times

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FUENTEMICHELE WILLENS
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