Los seres humanos tenemos un ‘sexto sentido’ para detectar el peligro. Y es que el cerebro dedica más recursos a procesar las situaciones sociales amenazantes que a aquellas consideradas benignas o inocuas.

Tal es así que nuestro cerebro es capaz de detectar una amenaza social en tan solo 200 milisegundos. Así lo muestra un estudio llevado a cabo por investigadores delInstituto Nacional de Salud e Investigación Médica de Francia (Inserm) y publicado en la revista «eLife», en el que también se observa que las personas con un nivel elevado –pero no patológico– de ansiedad tienen una mayor capacidad de reacción ante estas amenazas.

Como explica Marwa El Zein, directora del estudio, «contrariamente a lo sugerido por otras investigaciones previas, nuestros hallazgos demuestran que el cerebro dedica más recursos de procesamiento a las emociones negativas que indican una amenaza que a cualquier otra emoción negativa».

Respuesta adaptativa

Para llevara a cabo el estudio, los investigadores analizaron las señales eléctricas cerebrales de 24 adultos voluntarios mientras eran sometidos a una prueba de identificación de expresiones faciales de miedo o enfado en un ordenador. En total se realizaron 1.080 pruebas.

La mayoría de las expresiones faciales observadas por los participantes resultaban ambiguas. Es decir, podían indicar miedo o enfado. Entonces, ¿qué hacía que los participantes se decidieran por una u otra? Pues, simplemente, la dirección de la mirada, hasta el punto de que una mirada directa de una cara enfadada producía una respuesta en el cerebro en solo 200 milisegundos. Por su parte, cuando la cara, también enfadada, miraba en otra dirección, la respuesta cerebral era más tardía.

Como apunta Marwa El Zein, «en una multitud, seremos más sensibles a una cara enfadada que mira hacia nosotros y estaremos menos alerta hacia una persona enfadada que mire hacia otro lado».

Es más; el cerebro procesa más rápido las expresiones negativas, con independencia hacia donde miren, que las positivas aunque nos estén mirando directamente. Una reacción que, indican los autores, «podría haber servido como un propósito adaptativo para la supervivencia. Por ejemplo, hemos evolucionado conjuntamente con depredadores que nos podían atacar, y una rápida mirada hacia alguien que experimentara miedo podría ayudarnos a evitar el peligro».

Mayor capacidad de reacción

Pero el estudio aún ofreció unos resultados más sorprendentes. Las personas con ansiedad detectan la amenaza en una región diferente del cerebro, concretamente en los circuitos motores responsables para llevar a cabo una acción. Por el contrario, las personas ‘más relajadas’ procesan la amenaza en los circuitos sensoriales del cerebro, responsables del reconocimiento facial.

Un hallazgo que podría explicar, cuando menos parcialmente, la creencia de que la ansiedad dispara la hipersensibilidad ante las amenazas. Y asimismo, refutar la hipótesis que defiende que en niveles elevados, pero no clínicos, la ansiedad podría limitar la capacidad del cerebro para detectar amenazas.

Como concluyen los autores, «sería interesante determinar si esto también ocurre en las personas con un nivel clínico de ansiedad».

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