Es cada vez más común escuchar a los principales economistas y analistas financieros decir que ha llegado el momento de que, para el desarrollo futuro de la economía global, es necesaria la creación y puesta en circulación de una moneda mundial. Aunque a primera vista esta perspectiva parezca poco realista, el experto Alexander Friedman sostiene que es un error rechazar esta posibilidad.

El mundo de hoy en día está más económica y financieramente integrado que en cualquier otro momento desde la segunda mitad del siglo XIX. Pero la elaboración de políticas –especialmente las acciones de los bancos centrales– sigue siendo anacrónicamente nacional y regional, escribe Alexander Friedman, director ejecutivo del ‘holding’ de gestión de activos GAM, en el portal Project Syndicate.

“¿No ha llegado la hora de repensar el sistema monetario global? En particular, ¿un solo banco central global y una moneda mundial no tendrían más sentido que nuestro confuso, ineficiente y anticuado ensamblaje de políticas monetarias y monedas nacionales?”, plantea el experto.

“Abandonar el patrón oro parecía igualmente inverosímil”

Según Friedman, la tecnología actual “está llegando al punto en el que una moneda digital común, que sería posible gracias a la adopción de telefonía celular casi universal, ciertamente hace esto posible”. “Y por más descabellada que pueda sonar la idea, recordemos que antes de la Primera Guerra Mundial abandonar el patrón oro parecía igualmente inverosímil”, señala.

El experto indica que el sistema actual es “arriesgado ineficiente”, ya que “las diferentes monedas no solo son un incordio para los turistas que vuelven a casa con los bolsillos llenos de monedas extranjeras inutilizables”, sino que “las empresas globales pierden tiempo y recursos en esfuerzos básicamente inútiles para resguardarse contra el riesgo monetario (beneficiando solo a los bancos que actúan como intermediarios)”.

¿Cuáles serían los beneficios de una moneda global?

“Los beneficios de liberar al mundo de las monedas nacionales serían enormes”, sostiene el director ejecutivo. Según el mismo, “de un plumazo” desaparecería el “riesgo de guerras monetarias y el daño que pueden infligirle a la economía mundial sería eliminado”. Además, la fijación de precios sería “más transparente” y los consumidores podrían “detectar anomalías (desde sus teléfonos móviles)” y “hacer compras a los mejores precios”.

“Al eliminar las transacciones de moneda extranjera y los costos de cobertura, una moneda única revitalizaría el comercio mundial estancado y mejoraría la eficiencia de la asignación de capital global”, añade Friedman, indicando que “la globalización ha encogido las dimensiones de la economía mundial”, por lo que ha llegado la hora de “un banco central mundial”.

Soñar no cuesta nada: “una moneda única es inalcanzable”

Sin embargo, a pesar de los beneficios anteriormente citados, Friedman reconoce que en nuestro sistema monetario internacional actual “una moneda única mundial no es, en realidad, ni probable ni deseable”.

Una de las razones que indica el director ejecutivo es el hecho de que los bancos centrales, si bien en términos ideales son independientes de la influencia política, “son de todos modos responsables ante el cuerpo político”. “A nivel supranacional, la legitimidad sigue siendo altamente cuestionable, como lo demuestra con creces la experiencia de la eurozona”, critica.

Asimismo, el experto destaca que las decisiones que deben tomar los bancos centrales son “tecnocráticas y políticas a la vez”. “La legitimidad de las mismas está arraigada en la ley, que en sí misma es la expresión de la voluntad democrática. ¿Rescatar a un banco y no a otro? ¿Comprar deuda soberana pero no deuda estatal o de un territorio autónomo? Aunque decidir esas cuestiones a nivel supranacional no es, en teoría, imposible, es absolutamente irrealizable en la era moderna”, opina Friedman, añadiendo que “la legitimidad, no la tecnología, es la moneda de los bancos centrales”.

El experto sentencia que, en cualquier caso, “lo perfecto –un banco central único y una moneda única, ambos inalcanzables- no debería ser enemigo de lo bueno” y que “dentro del marco de nuestros medios existentes, sin duda es posible mejorar nuestras herramientas para las políticas e impulsar el crecimiento y la prosperidad a nivel global”.

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