El estrés es un término de uso común incluso entre los niños; de él echa mano todo el mundo para decir que está preocupado, tensionado y que las presiones del entorno ponen al borde a la gente.

Vale aclarar que el estrés, entendido como un estado de alerta que se experimenta como una sensación demandante y exigente, se considera beneficioso, cuando se presenta por corto tiempo. El problema es cuando se convierte en un acompañante permanente.

Entienda: el estrés aumenta los niveles de cortisol, una hormona que activa, y no siempre positivamente, a muchas partes del cuerpo.

Sobrepeso: el cortisol estimula la producción de sustancias y otras hormonas que inducen a comer; además, es la responsable de que la grasa mala se deposite en el abdomen y las vísceras.

Vulnerable: como el cuerpo se centra en defenderse de algo que no existe, las defensas se desgastan o no se producen; de ahí que infecciones, gripas y todo tipo de malestares, ganen la batalla.

Corazón: como es una hormona que “prepara al cuerpo para el ataque”, aumenta la frecuencia cardíaca, eleva la presión arterial y redistribuye la sangre. Mucho ojo, porque si la persona es vulnerable, se eleva el riesgo de infarto y derrame cerebral.

Aburrición: todo este cuadro hace que emocionalmente la persona empiece a experimentar sensaciones de minusvalía y pérdida de la autoestima; entra en un estado de aburrimiento y desgano, que puede conducir a melancolía y depresión.

Por último: ejercítese, aléjese de situaciones que lo angustien, ponga límites, respete sus descansos y dele el justo valor a cada problema. Consulte si la cosa es grave.

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