Cada vez hay más gente “soltera y sin compromiso”, en especial en los países europeos, aunque los latinoamericanos no se quedan atrás, también siguen esta tendencia.

Según Eurostat la media de matrimonios anuales en Europa es de 4 por cada 1000 habitantes cuando hace solo 25 años, en 1990, el número era de 6 por 1000 habitantes. En algunos países, hoy se celebran la mitad de matrimonios que hace 25 años.

Motivos de estas cifras

Los datos anteriores tienen sus causas y motivos: hay sin duda condiciones objetivas que lo hacen difícil; pero hay también razones por las que la gente prefiere comportarse de otro modo.

1. Vivienda y trabajo

Entre las causas del descenso de los matrimonios se suele citar el problema de la vivienda, cuyos precios se han hecho prohibitivos para unos jóvenes que, aunque tienen un nivel educativo cada vez más elevado, se encuentran con que no tienen trabajo o se han de conformar con un empleo precario, temporal y mal remunerado. El 16% de los jóvenes europeos de 20 a 29 años estaba en paro en 2014, cifra que ascendió al 31% en Italia y al 37% en España, según Eurostat. El 75% de los contratos laborales que firman hoy los jóvenes en Europa son temporales. Para muchos de ellos, “mileurista” ha pasado de ser un adjetivo despectivo a convertirse en una aspiración improbable.

2. Emancipación

La emancipación es cada vez más tardía, sobre todo en países como Italia y España, donde casi un 40% de los jóvenes de 25 a 34 años siguen viviendo con sus padres, cuando en 1990 eran solo un 25%. La familia de origen se vive ahora como un lugar de protección y seguridad, en el que los jóvenes se benefician de una armonía generacional sin precedentes y, además, en régimen de libertad. Emanciparse significa perder calidad de vida pues, de ordinario, supone renunciar al nivel de bienestar y consumo alcanzado por su familia de origen.

3. Sospecha de la institución

En cuanto a los motivos, según otras encuestas, cuando se pregunta a las parejas de hecho por qué no se casan, casi un tercio responde que “no creen en los compromisos escritos” o que “no creen en el matrimonio”, quizá desencantados por el pobre ejemplo recibido. Ciertamente, el matrimonio es visto hoy como una alternativa entre otras formas, igualmente legítimas, para compartir un proyecto de vida. El amor mutuo origina muy diversas formas de convivencia.

4. Miedo al compromiso

Con todo, la gran mayoría de la gente sigue apreciando de veras el matrimonio. Incluso dos de cada tres de los que forman uniones de hecho lo valoran positivamente y entienden su propia convivencia como una etapa previa, provisional, orientada al matrimonio. Si esto es así, entonces, ¿qué motivos tienen para no casarse?

La razón más frecuentemente citada en las encuestas para no casarse es “por comodidad”, motivo que puede aplicarse no sólo a las parejas de hecho sino también a quienes sencillamente retrasan y retrasan su matrimonio. ¿Qué puede significar “comodidad” en este contexto? ¿En qué sentido casarse se ha vuelto hoy algo incómodo o difícil? Por una parte, está el dinero, claro. Casarse es caro, dado el lujo que rodea hoy a las bodas en todas las clases sociales. Pero hay más: casarse es asumir un compromiso distinto, específico, concreto, que implica un proyecto a largo plazo para el que mucha gente no sabe si está preparada o si será capaz de vivirlo. No es que la gente no esté segura de los sentimientos que alberga hacia su pareja (sólo el 4% lo reconocen así). Es, más bien, que muchos dudan de estar a la altura.

5. Cuestión de mentalidad

En efecto, el matrimonio tiene prestigio social. Casarse da estabilidad a la pareja pues reafirma públicamente la voluntad firme de inaugurar un proyecto de familia compartido con quien se ama. El matrimonio sigue teniendo un componente institucional importante. Ahora bien, en la mentalidad cultural actual, al matrimonio le rodean importantes riesgos e incertidumbres. Es difícil fijar las expectativas, anticipar las obligaciones mutuas y los comportamientos que resultarán apropiados en el incierto contexto social, laboral, económico y cultural actual. La evolución de los roles de género introduce nuevos riesgos en la relación: las pautas y normas de las familias de origen no son repetibles. Cada pareja debe deliberar por su cuenta, negociar y encontrar una y otra vez modos de enfrentar las exigencias que imponen las cambiantes circunstancias de empleo (o desempleo), de vivienda y movilidad geográfica, de los hijos que se tienen (o no), de las respectivas redes sociales, etc.

6. El ejemplo del divorcio y la ruptura

Por otra parte, el divorcio y las separaciones se han multiplicado en una generación y han llegado a formar parte del horizonte probable para quienes hoy se casan: según Eurostat, los divorcios han aumentado un 25% en los últimos 20 años en Europa.

No es que se celebre la ruptura. Más bien, se divisa como un fracaso que se teme y que, de hecho, hace dudar a quienes piensan en aceptar el compromiso.

7. Miedo

A muchos, sencillamente, el matrimonio les da miedo. De este temor se contagia también el noviazgo, que resulta demasiado formal para quienes prefieren la provisionalidad, el vivir en el presente sin atarse explícitamente a un proyecto de largo recorrido.

Los motivos y las causas están, pues, relacionados. El miedo al compromiso, el temor a no estar a la altura de las (inciertas) obligaciones futuras, encuentra un aliado en la dificultad para encontrar un empleo estable, para conciliar el trabajo de los dos con los planes de familia, para hallar una vivienda razonable o, en síntesis, un horizonte despejado.

Quizá el verdadero problema sea que, como sociedad, hemos elevado demasiado las expectativas. O que hemos perdido valentía y confianza en la fuerza del amor.

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