Todos lo hemos hecho alguna vez: sacar una foto de un atardecer que es demasiado bello como para olvidarlo, o fotografiar a escondidas un plato especialmente impresionante en un restaurante.

Es evidente que documentamos nuestras vidas para evitar que nuestros recuerdos se evaporen, pero con el uso tan extendido de teléfonos con cámara y nuevos aparatos como el Narrative Clip –una mini cámara que saca fotos automáticamente cada 30 segundos- ¿cuánto es demasiado?

¿Estamos sacando demasiadas fotos?

Investigaciones recientes de Linda Henkel, profesora de psicología en la Universidad de Fairfield, sugieren que la respuesta es sí.

Sacar fotos podría limitar nuestra capacidad de recordar detalles de ese momento fotografiado más tarde, probablemente debido al esfuerzo que hacemos sacando demasiadas fotos.

En un estudio de 2014 llevaron a un grupo de estudiantes a hacer una visita en un museo y les pidieron que sacaran fotos de algunas obras de arte, mientras que otras, debían solo observarlas.

Cuando los examinaron al día siguiente, los estudiantes eran menos capaces de recordar los detalles de los objetos que habían fotografiado que los que no. Esto es lo que Henkel denomina “efecto discapacitante”.

“Lo que creo que pasa es que tratamos la cámara como una especie de instrumento de memoria externa”, dice Henkel.

“Tenemos la expectativa de que la cámara va a recordar cosas por nosotros, por lo que no tenemos que seguir procesando ese objeto y no hacemos el tipo de cosas que nos ayudarían a recordarlo”.

Aunque añade que incluso si limitamos nuestra memoria en el corto plazo tomando fotos, tener esas fotos nos ayudará a recordar cosas más adelante.

Fotos de viaje

Este efecto, curiosamente, se redujo cuando se le pidió a los estudiantes que hicieran zoom en un aspecto particular de un objeto, lo que sugiere que ese esfuerzo extra y la concentración requerida para hacerlo ayuda a los procesos de memoria, o que tenemos más probabilidades de externalizar nuestra memoria cuando la cámara captura una escena más amplia.

“Tiene sentido, porque las investigaciones muestran consistentemente que dividir nuestra atención va contra la capacidad de recordar”, dice Henkel.

De registro a forma de comunicación

Las personas hemos sentido la necesidad de sacar fotos desde hace décadas, cuando casi cualquier hogar en Europa occidental y Estados Unidos tenía una cámara.

Pero el cambio de la película a las cámaras digitales también ha cambiado la forma en que sacamos fotos y cómo las utilizamos.

Las investigaciones han confirmado lo que muchos de nosotros sospechábamos: que el principal papel de la fotografía ha cambiado, pasando de servir para conmemorar momentos especiales y recordar la vida familiar, a ser una forma de comunicarnos con nuestros iguales, formando nuestra propia identidad, e intensificando los vínculos sociales.

Mientras los adultos mayores que usan cámaras digitales suelen utilizarlas como instrumentos de memoria, las generaciones más jóvenes suelen usar las fotos que les sacan como una forma de comunicarse.

Una madre tomándole una foto a unos niñosEstamos obsesionados con documentar cada parte de nuestras vidas.

“Muchas veces la gente saca fotos, no como ayuda para acordarse de cosas luego, sino más bien para explicar cómo se están sintiendo ahí, en ese momento”, dice Henkel.

“Mira Snapchat, los usuarios sacan esas fotos para comunicar, no para recordar”.

Nuestra capacidad de documentar alcanzó una nueva cima con la llegada de la SenseCam de Microsoft -una cámara automática que se puede llevar encima con una lente de amplio ángulo-, y a medida que más gente participa en el “life logging” (registro de nuestras vidas).

Concebido como una especie de grabadora de “caja negra” para humanos y en el mercado por primera vez desde 2003, la SenseCam puede sacar fotos de forma pasiva cuando siente que una persona está enfrente de la cámara o cuando hay un cambio de luz significativo.

También se puede programar para sacar una foto automáticamente cada 30 segundos.

¿Cómo usarlo en la vida diaria?

Evangelos Niforatos, investigador en la Università della Svizzera Italiana, estudia cómo la tecnología puede afectar a nuestra capacidad de fabricar recuerdos.

También ha estado registrando activamente su vida durante los últimos tres años.

Aunque las investigaciones muestran que esta actividad puede ser muy beneficiosa para personas que sufren grandes pérdidas de memoria y revisan sus fotos autobiográficas de forma periódica, Niforatos dice que el mayor obstáculo para los usuarios frecuentes es averiguar cómo utilizar todos esos datos.

Una persona fotografiando unos platos de comida

“Cuando se trata de una importante experiencia para documentar, estos instrumentos son útiles. Pero para la vida diaria, todavía no mucho”, dice.

“Pero somos optimistas, creemos que seremos capaces de acercarlo a la memoria verdadera, como una memoria protésica que te dará las pistas necesarias para ayudarte a recordar lo que quieras recordar”.

Niforatos y sus colegas están diseñando un estudio sobre los monitores de actividad como las cámaras automáticas Fitbit para ver si los cambios en el ritmo cardiaco pueden indicar cuáles son los mejores momentos para sacar fotos.

¿Menor conexión emocional?

Puede ser que las cámaras digitales no solo hayan cambiado la forma en que sacamos fotos. Es posible que hayamos cambiado incluso la forma en que recordamos las experiencias que grabamos, gracias a las redes sociales.

“Sabemos que los recuerdos se reconstruyen. Es posible que estemos reconstruyendo nuestros recuerdos para que se ajusten mejor a las fotos que estamos sacando, o a las que otros nos sacan”, dice Kimberley Wade, profesora asociada de psicología que estudia los recuerdos falsos, en la Universidad de Warwick.

“Si alguien te enseña una foto que tú no hiciste, que muestra parte de un evento en el que estuviste, pero que no recuerdas, quizás eso se vuelve parte de tus recuerdos. Puede que ya no sepas si la foto es algo que viste realmente”.

Y recordar cosas desde un punto de vista externo puede tener sus problemas.

Las investigaciones muestran que cuando recuerdas una experiencia desde la perspectiva de una tercera persona, tienes menos conexiones emocionales con el recuerdo.

Dos personas contemplando el atardecer

Pero Niforitos cree que en lugar de distorsionar tus recuerdos, ver fotos que otros sacaron de un evento compartido podría mejorar tus recuerdos del mismo.

“Depende de cómo defines lo que es una experiencia. Podrías decir que esas experiencias compartidas son también recuerdos”, dice. “Es posible construir un sistema que apoya este tipo de co-experiencia colaborativa”.

¿Limitar tus fotos?

De forma similar, aunque elijamos nuestros recuerdos al editar fotos, esto no tiene por qué ser algo malo.

“La mayor parte de los expertos en recuerdos falsos dicen que la falta de precisión es buena por muchas razones”, dice Wayde.

“Si cambias tus opiniones políticas en algún momento, por ejemplo, puedes mirar hacia atrás y creer que en el pasado se parecían más a las que tienes ahora. Queremos pensar que somos seres estables. Recordamos nuestras relaciones de forma más agradable, nos acordamos de nosotros mismo de forma mucho más cercana a cómo queremos ser realmente. Cierta distorsión es buena para nuestro bienestar”.

¿Así que con cuanta frecuencia debemos sacar fotos? A no ser que seas un profesional, Henkel sugiere que nos limitemos, porque esto nos permitirá ser más selectivos, obtener más beneficios con menos costos.

“Si estas de vacaciones y disfrutando de una bonita vista, saca un par de fotos y disfruta de la vista”, dice. “Luego vuélvelas a ver, organízalas e imprímelas, y tómate el tiempo de recordar a otra gente. Estas son las cosas que mantienen vivos los recuerdos”.

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