Mi deseo era hablar de Ronaldinho. Decir que, a mí juicio, él era el hombre destinado a ocupar el lugar de Messi en el libro de la Historia. A ser el 10 por excelencia. A acaparar el Balón de Oro. A zanjar todo debate. ¡Sí! No más Pelé, no más Maradona. ¡No más nadie!

Sin embargo, hace ocho días en Venezuela, país hermano, el régimen tiránico, sí, tiránico de Nicolás Maduro asesinó a un grupo de rebeldes y eso me tiene indignado. Quizá porque los asesinó sin gallardía. No en franca lid sino de manera cobarde, rastrera. Como en las películas los nazis. ¡Sí! Mientras sus integrantes pedían clemencia. Mientras sus integrantes gritaban: “No disparen más, que nos vamos a entregar”. Mientras sus integrantes llamaban a sus seres queridos para despedirse. ¡Adiós mamá! ¡Adiós hijo! ¡Adiós maldito mundo indiferente!

Así que, aunque mi deseo era hablar de Ronaldinho y decir que, a pesar su magia, magia de la que a Dios gracias hay registro, él, el 10 por excelencia, nos quedó debiendo, voy a hablar de Venezuela. ¡Sí! Voy a decir que, al margen de que sin Ronaldinho el Barcelona de hoy no sería el Barcelona de hoy, o sea, ese equipo temible, poderoso, articulado, cuya perfección a veces entra en el terreno del absurdo, del hastío, la soledad del pueblo venezolano, y quizá la de algunos otros pueblos que sufren tiranías semejantes, no se compadece con la cercanía tecnológica, propia de los tiempos que vivimos.

¡Sí! Voy a decir que, más allá de que por cada pirueta de circo suya, que más allá de que por cada gol de antología suyo, él, Ronaldinho, se embuchó cien, quizá mil, y que en ese sentido más que un futbolista él, Ronaldinho, fue un ladrón, hoy por hoy Venezuela se desangra ante los ojos de la comunidad internacional sin que ésta mueva un dedo. ¡Sí! Ni España, ni México, ni Estados Unidos, ni Francia, ni Chile. ¡Nadie! Quizá, supongo, porque su mismo pueblo hace lo mismo. ¡Nada!

¡Hasta la próxima!

Isa Garcia 

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