El antiRichelieu

A menudo la Historia nos recuerda que lo que hoy aún entendemos por nación existe gracias al nacimiento del Estado como institución que la protege. No se trata de hacer un ejercicio de anacronismo, más bien de recordar que para que nacieran los Estados modernos como poderes centrales hegemónicos sobre el territorio nacional, hubieron de hacer primero acto de presencia los estadistas.

Sin Estado una nación está en peligro de extinción y para que haya Estado tiene que haber un gobierno que aplique legítimamente sus poderes con firmeza. Así lo intuyó el cardenal Richelieu, considerado por Hilaire Belloc el creador del Estado moderno. Gran cantidad de sapos y culebras han lanzado los historiadores sobre Richelieu pero en honor a la verdad, en medio de todas sus miserias e inclemencias, fue gobernante de pulso firme.

Rodeado de enemigos hasta en el vestidor, se encontró con una Francia debilitada y atomizada por los poderes provinciales, sin embargo haciendo uso de sus intendentes impuso la voluntad de la corona a los gobernadores de provincia que por aquel entonces tenían un gran poderío. No vaciló en aplicar el poder ejecutivo que residía en la corona. Pese a que su política fue contraria a los intereses de España y del Catolicismo, su contribución a la creación de un estado galo fuerte es innegable.

La otra cara de la moneda se viste de actualidad; hombres que conducen a un país al abismo, otros que le empujan. Zapatero, aquel inquilino de la Moncloa de tan infausto recuerdo ostentaría el dudoso honor de pertenecer al selecto club de los primeros, en tanto el actual presidente Rajoy ha hecho méritos para engrosar la segunda lista. El caso de España es lo suficientemente palmario para desvestir a los osados que vociferan aquello de “el discurrir de la Historia es un proceso mecánico e inevitable”. Bien vale para mostrarles sus vergüenzas el refrán “entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Una nación no muere sola, existen responsables directos de su destino. Fuerza es reconocer que todo se gestó en la Constitución del 78 tan sobrevalorada y vindicada por los vivientes ajenos al origen del problema actual: el camino hacia la desintegración de España. Cuando Mariano Rajoy ascendió a la presidencia del gobierno, la situación no era edénica pero una mayoría absoluta le daba la oportunidad de ser el gran gobernante y hombre de Estado que el país necesitaba perentoriamente, y que, por desgracia, nunca quiso ser.

Solo con cumplir su programa electoral muchas cosas hubieran cambiado, al parecer sus objetivos eran otros. Cuando por factores obscuros la intriga se impone al honor, el hidalgo se vuelve taimado y todo da un giro de 180 grados; aquel que explica la diferencia entre lo que pudo ser y no fue. Durante los últimos seis años su éxito electoral queda fuera de toda duda: incumpliendo a raja tabla su programa electoral ha vuelto a imponerse en unas elecciones, y tras el fiasco de la cosmética aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña, aún los sondeos le dan algunas opciones en futuros comicios.

Fuerza decir que estamos ante un superviviente de la política por cuantos le han dado la vida una y otra vez a su partido, votando en comunión con sus públicas y notorias traiciones. A saber cuán importante el voto cobarde llegó a ser en la perpetuación de don Mariano y la eternización de tanto mal.

El tardosetentayochismo acomplejado (donde el presidente atesora título nobiliario) ha sepultado eso que muchos llaman Estado de Derecho. En semejante escenario cualquier Torras es el rey del mambo a la hora de vilipendiar a los españoles. El tardosetentayochismo heredero de aquel setentayochismo complaciente con los enemigos de España, tan buen hijo como mal tutor de la patria, ya puede presumir de contribuir con nota a su desintegración.

No sale uno de su asombro viendo el semblante del presidente en versión rey desnudo, aún no ha reparado en su magnífica contribución a la liquidación de la nación. Tal vez porque aún es pronto para ponerla en concurso de acreedores y deudores viles. Quien tiene ideas tiene enemigos, lo cual no implica que el hecho de sacrificarlas les vaya hacer desaparecer por arte de magia. Cualquier gobernante por el hecho de serlo los tiene. También una nación. Pensar que combatir a ambos no va implícito en el cargo es lo natural en un presidente desnudo de realidad.

Mariano Rajoy aúna tres grandes virtudes, benditas para él, convertidas en némesis para España: la entereza para caminar tan desnudo como el rey del cuento, la capacidad para convertirse en un fantástico vendedor de humo, un fino prestidigitador de manual, y el aprovechamiento de la enorme incompetencia de sus rivales políticos.

Su última gran obra fue hacerle el trabajo de luz de gas a la jauría golpista que desde la periferia ora Cataluña, ora País Vasco, ora Comunidad Valenciana ora Baleares, intrigan y maquinan un golpe de Estado contra España. En otras palabras, aplicar cloroformo a sus comparecencias, y minimizar la gravedad de la situación, negando la parte de los hechos que conviene a una posición neutra (la más ambigua y sinuosa de las dejaciones).

Es fuerza reconocer la aplicación evanescente del artículo 155 de la Constitución mientras los golpistas jugaban al victimismo con el beneplácito del presidente. La complicidad en tal juego comenzó cuando declaró que no había tenido lugar ningún referéndum, a lo que agregó más tarde que tampoco se había producido declaración alguna de independencia. Su valido Mendez de Vigo-otro experto en luz de gas- negó lo que era un secreto a voces: el adoctrinamiento en los centros de enseñanza en Cataluña.

Gobernar es una cosa muy antigua y hacer política otra mucho más moderna. Ambas se pueden intercalar, no obstante gobernar sin hacer política es menos temerario que hacer política sin gobernar, o lo que es lo mismo, que la política basada en el sostenimiento del desgobierno.

A la vista queda el discurso de investidura de Joaquín Torra en el parlamento catalán, despotricando contras los españoles y delinquiendo con un nuevo acto de sedición. Dado fue el discurso por el que sabe perfectamente que una vez abierta la veda todas las conductas licenciosas y delictivas con la etiqueta de democráticas, se admiten a trámite.

La última renuncia ha consistido en eliminar el 155 por orden de otro partido independentista (el PNV) premiándole la aprobación de los PGE con una millonada a costa de todos los españoles de bien. Dejando claro una vez más que el objetivo no es la supervivencia de España sino la supervivencia de los partidos que forman el aparato parlamentario de la democracia española.

Aunque siempre habrá creyentes en la buena fe, ocurre que llegados a estas honduras la buena fe no puede confundirse con hacer el bien, menos aún con cumplir con el deber pues nada más lejos de la realidad que un presidente autocomplaciente con su buena fe y displicente con el deber de imponer el poder ejecutivo. Del mismo modo que sin rey no hay reino, sin gobierno no hay Estado, más bien una estructura de partidos que controla las instituciones entre intrigas y conchabeos.

La sempiterna sumisión con el exterior, la luz de gas sobre los ataques de los enemigos internos de la nación, y la prestidigitación con logros de logrero, le erigen en un fantástico vendedor de humo. Mientras el rey desnudo vive su particular cuento de hadas la muerte llama a la puerta de la nación. Quién firma la defunción no es el primero de una saga ni el último, es un prototipo de dirigente reinante en nuestros tiempos: el antiRichelieu.

Eduardo Gómez

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