El Estado que olvidó a nuestros padres [Opinión]

La democracia: ese ‘valor patrio’

La democracia no equivale a los valores de una civilización, nada tiene que ver con los elementos de cohesión de una nación, no es un valor en sí mismo, porque no tiene valor por sí misma.

Escuchando algunos juristas hablar de democracia como el paradigma de la separación de poderes me permite inferir que: por un lado, como aserto, per se es una incierta ecuación, la democracia es un mecanismo que como forma de gobierno no garantiza la división de poderes y menos aún una separación de poderes loable. Por otro lado, la separación de poderes se hace más líquida cuanto más se aleja el Estado de la nación a la que representa.

Siendo los intereses del Estado, unos y, los de la comunidad otros, los poderes están condenados a entenderse de espaldas al ciudadano de a pie. Los intereses del Estado en Cataluña han sido los de unos dirigentes independentistas (y a la postre delincuentes) votados democráticamente que han creado una endosmosis entre los poderes ejecutivo y legislativo, en permanente connivencia con el ejecutivo del Estado central. La consecuencia final del apaño ha sido un sub-estado opresor a nivel regional que ha denunciando la supuesta opresión de su cómplice inane, por aplicar in extremis la Ley cuando ya no le quedaba más remedio. No olvidemos que la vicepresidenta del gobierno declaró abiertamente que no deseaba aplicar la Constitución, desde el Senado se dijo que sería un honor recibir al presidente sedicioso de la Generalidad, y que el ministro de Educación negó la existencia del acoso y adoctrinamiento (hechos consumados) en las aulas de Cataluña.

La no deseada aplicación del artículo 155 de la Constitución fue un clamor, y en buena medida por clamor popular se aplicó. Más que separación de poderes hubo hasta última hora matrimonio de intereses: los cónyuges han dejado de dormir juntos y compartir domicilio pero la reconciliación está en marcha, se esperan nuevos episodios, a saber, preocupantes para España.

Decía Ramiro de Maeztu que el principal problema de las democracias era la preeminencia de un Estado botín sobre un Estado servicio. Todos los hechos acaecidos en España en las últimas décadas lo llevan anunciando día tras día. Nuestra clase política no se ha caracterizado por la solemnidad de sus actos, más bien por toda clase de opacidades, intrigas y cálculos de poltrona.

El golpe de Estado progresivo en Cataluña es el lodo de aquellos y de estos polvos. La responsabilidad de los partidos parlamentarios en este ataque a España es ya innegable. También del resto de españoles, no debemos mirar hacia la Antártida y dejar que la providencia nos asista, la sociedad civil ha tardado en reaccionar. Han faltado ideas altas y han sobrado conspiradores; música que ya nos acompañó como país en tantas ocasiones.

No hay más que echar la vista a las declaraciones de los supuestos defensores parlamentarios de la unidad nacional, empecinados en hablar de la defensa de la democracia y del orden constitucional y obviando en sus mensajes a España. Tal vez no sepan qué es España, craso error convertido en el epicentro de buena parte de nuestros males. Cuando tus alegatos son de cartón piedra tus esencias patrióticas no deben estar hechas de otro material.

Es muy difícil defender algo sin un conocimiento y conciencia previos, incluso desde el punto de vista legal. Eso es lo que ocurre cuando una clase dirigente defiende un marco político y sus asideros en lugar de la comunidad a la que tiene la obligación de servir. Se defiende un modelo de Estado en lugar de un país. Se protege el continente, no el contenido, sin reparar en que cuando el contenido se pudre, las paredes del continente se humedecen, se agrietan, las ratas escavan túneles, crean sus propias madrigueras y se hacen fuertes. Toda vez que el nido de ratas se ha hecho sitio en medio de la desidia y la podredumbre, no basta con poner unas trampas para darles caza. El hogar necesita de depuración y también del recuerdo, el recuerdo de lo que fue. A veces sin recuerdo no hay concepto, y sin concepto no hay nación. Algo que está ocurriendo paso a paso en Europa pero en el caso de España de manera descollante con los nacionalismos y el independentismo. Y es que Europa, obsesionada por transformar su modelo civilizacional, se cae, así que tampoco es la mejor de las ideas ir a pedir auxilio a la UE.

Un Estado desleal o Estado sin Estado

Oficialmente la contingencia se ha presentado como un golpe de Estado en Cataluña o un golpe al Estado, pero si echamos la vista atrás buscando el origen del problema, existen dos alternativas, no excluyentes, aún más viables:

a) Un golpe a una nación sin Estado como garante de los derechos y libertades fundamentales, ya que éste ha ido desapareciendo de los problemas reales de España como país, de sus regiones y de sus ciudadanos, Cataluña no ha sido la excepción sino la regla. Se ha ido proyectando hacia fuera, buscando soluciones en casa ajena, asumiendo todas las consignas del proyecto europeo y olvidando cuanto había dentro por hacer y arreglar.

b) Un golpe del Estado a la nación, puesto que la Generalidad pertenece al Estado y el Gobierno Central ha conocido la situación en todo momento desde hace años y ha sido cómplice por omisión de toda la estrategia separatista. Un Estado que no sabe lo que pasa no es un Estado, y un Estado contemporizador que sabe lo que pasa, pero que actúa con prerrogativas y componendas, es desleal.

La situación nacional que estamos viviendo nos devuelve a su vez al problemón actual nación versus estado supranacional. Una de las grandes aportaciones del problema catalán es que nos ha devuelto a ese debate. No todo lo malo es tierra quemada. El estado ha pasado de centinela a carcelero, dejo de ser ángel custodio para entregarse al pecado original y darle la espalda a la sociedad, con el agravante actual de haberse enamorado de las tesis globalistas. En otros tiempos se llamaba extranjerización de las naciones.

Adoleciendo de la defensa de los intereses privados más oscuros, los estados actuales tienen por divisa negar la soberanía a los pueblos a través de ordenamientos jurídicos e instituciones trasnacionales, justificándose en el ser de las democracias actuales, con la coartada de que los gobernantes son elegidos tienen la legitimidad para representar al pueblo, la consecuencia es la inversa de la que se atribuía al despotismo: nada para el pueblo pero con el pueblo. El pueblo puede utilizar las urnas y ahí acaba su poder de decisión y su patrimonio nacional. Alejar el Estado de la nación lo convierte en un aparato burocrático, administrativo, incapaz de germinar patria, de hacer causa común y sometido a todo tipo de turbulencias y maquinaciones, que lo conducen a la visión liberal.

Adam Smith en su alegato por el liberalismo económico advirtió que los gobiernos eran “ineficientes, corrompibles y con tendencia a la concesión de privilegios”. No reparó que eso solo era la consecuencia de un concepto de Estado, aquel que sobrevive lejos, muy lejos de la nación que lo ha engendrado. Porque el Estado es también hijo de la nación y ha de velar por ella, esto es, por todos sus ciudadanos. Es el Padre Nuestro de sus obligaciones.

Al punto de mirar hacia adentro, ¿acaso puede llamarse Estado al que con sus instituciones es incapaz de dar respuesta a los problemas intestinos del país con la ayuda de la legalidad vigente?. Tanto el gobierno de España como los separatistas han externalizado el proceso a la UE, otra renuncia implícita a la soberanía nacional porque España tiene poder, autoridad y legitimidad suficientes para resolver este tipo de problemas por sí misma sin pedir el visto bueno internacional. Poder, por tener la fuerza coercitiva potencial; autoridad, porque compete directamente a sus instituciones; y legitimidad, por tratarse de la integridad nacional (cuestión de Estado).

La reacción

Defender España, desde el Gobierno de la nación, pasa por el ejercicio de esas tres palabras en favor de quienes forman la comunidad, sin embargo lo único presente ha sido una defensa más dialéctica que real de estructuras que desde el punto de vista patriótico son etéreas, para ser precisos; la democracia, el Estado de Derecho, el constitucionalismo, o los valores europeos. Esto es lo que ha defendido la clase política, con lo que se puede inferir que la nación es justo aquello que no han defendido, ni siquiera en el terreno de la retórica, donde la palabra España quemaba en la boca.

Solo el Rey y la sociedad civil han defendido a la nación, la monarquía ha sido la única institución a la altura de las circunstancias, la que empezó a espolear a los españoles. La sociedad civil ha de recuperar (y en ello está) a toque de corneta lo que la clase parlamentaria (régimen del 78 inclusive) permitió que marchara mucho tiempo atrás por el sumidero. Defender la nación desde la ciudadanía comprende agruparse en torno al daño recibido en auxilio de lo que aún no nos han quitado, aún quedan jueces y juristas y cuerpos de seguridad con sentido de la responsabilidad y que no se han vendido y están dispuesto a cumplir con su deber en la medida de sus posibilidades. Las querellas interpuestas por la formación política VOX, y las movilizaciones de las últimas semanas muestran el camino.

Cuando el Estado se olvida del concepto de nación es la comunidad la que ha de rescatarlo, para conseguir coser una nación descosida. Solo allí encontraremos la luz para estar unidos. Del mismo modo que se denominan hermanos aquellos que viven bajo un mismo techo o que profesan la fe en Dios, el sentido de pertenencia, la hermandad, también se hace presente en una comunidad, lo hemos visto estas semanas. No hay hermandad sin progenitor, y el progenitor es la patria. Quienes son hermanos es porque tienen o han tenido unos padres.

España debe buscar a los suyos y restaurarse. Hoy es más necesario que nunca, porque todas aquellas personas que de un modo u otro se han movilizado, forman una unidad no solo territorial, también histórica, cultural. Por eso lo hicieron, tomaron conciencia y denunciaron la agresión continuada a esa unidad. Ataque perpetrado por el contubernio o la cohabitación de la vileza y la dejación. En la defensa de los fundamentos para la unidad de España se encuentran los latidos de la nación. Para que ese corazón no deje de latir solo existen dos alternativas que por desgracia se reducen a una: o el Estado vuelve a su condición natural convirtiéndose en el poder político que protege a la comunidad de las amenazas que le acechen, o la comunidad asume el protagonismo y la legítima defensa nacional con todos los resortes legales a su disposición.

Esperando a quienes aleguen (siempre los hay) que lo que ha significado la Historia, la civilización y los valores españoles no les representa, reiterar una vez más que la patria es como un padre; ergo no se elige. Quienes en el ejercicio de sus cargos no tuvieron en cuenta esa premisa, la abandonaron hace tiempo para desdicha de sus conseres. Pero subestimaron algo: los españoles tienen memoria; saben que su país no nació ayer, y no se han olvidado de sus padres.

Eduardo Gómez

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