Epílogo de un mandato

Con el cadáver político de Mariano Rajoy a los hombros gustosos del parlamentarismo más farisaico, hubo dos momentos de antología surrealista. El primero la afirmación del ya ex presidente sobre el legado de su mandato, y el segundo las palabras de Soraya a Monedero una vez finiquitada la moción de censura en las que lamentándose del triunfo del nuevo frente popular al mismo tiempo aserta que es un triunfo de la democracia.

Las palabras no siempre son el espejo de los pensamientos, los actos sí. Aunque, siempre hay gente que dice lo que piensa. Tras haber sido derrocado por la moción de censura, las últimas palabras de Mariano Rajoy fueron: “me voy con la satisfacción de haber dejado el país mejor de lo que lo encontré”. La gravedad de tal afirmación se acentúa ya no en la ausencia de verdad sino más bien en la coincidencia de la palabra y el pensamiento. Si algo ha dejado una huella indeleble en la moción de censura ha sido la ausencia de realidad en la conciencia del grueso de la clase parlamentaria.

En otro tiempo no habría el menor ápice de duda que por el Parlamento deambula algún tipo de enajenación de manual de psiquiatría, pero si algo tiene el pensamiento gregario que preside nuestros días es su capacidad para amoldarse a todo, incluido la esquizo-política. Por naturaleza, el pensamiento gregario es acrítico, voluntarista, seguidista, caprichoso, sin sentido del deber, remozado de fanatismo. Y es que no hay nada más acrítico que el nihilismo. Desde esa posición tan baja, el entresuelo intelectual, es harto complicado tomar alguna decisión fiable para una nación.

A ese pináculo vino a parar todo el séquito de Mariano Rajoy. El Partido Popular fue derechista en la oposición y nihilista en el poder. Gran quebrada a la que su presidente ha dado muy poca importancia y de la que radican buena parte de los males que asolan España. La idea eje era que cualquiera política podía ser válida para sostener España si se gestionaba el Estado sin cambios agudos en su estructura y se evitaban choques ideológicos; nada de hacer ruido, ni de generar disensos en ningún frente.

La colusión estatal y partidista evitaría la colisión y facilitaría una correcta gestión del país. A la hora de la verdad casi todos sus rivales le han lanzado por la borda. Su mayor error como estratega fue no enseñar nunca los dientes. Pero vayamos al meollo del asunto, la única forma de encontrar visos de verdad en las palabras de Mariano Rajoy.

En su despedida de la presidencia agradeció lealtades y se emocionó enormemente entre sollozos aduciendo su despedida al bien personal, al de su partido y al bien de España y agregando ” y lo demás no importa nada”. Tal vez lo demás haya resultado decisivo. Queda claro que el ex presidente se considera hombre de bien. Mas no queda claro si Mariano Rajoy es un hombre de bien que perdió el norte político, o un político sin norte en su afán de buscar al hombre de bien.

Lo que si queda claro es que confundió (y de qué manera) la buena fe con hacer el bien, sin preguntarse por un momento cuántas barbaridades se han hecho con la mejor de las intenciones. Un buen corazón bajado a los sótanos de la política, mal avenido, y peor acompañado no resultará munificente para la posteridad. Llegó de la mano de una elección personal luego su advenimiento no fue adecuado, la búsqueda de una fraternidad innecesaria y de espacios comunes con cualquier bando parlamentario le obligo a bajar al sótano de la política del que ya nunca saldría.

Aún queda la pésima elección de válidos, prebostes, y ciertos consejeros entre bambalinas. Factor fatal. Aunque todos sumaron, ése último pudo haberle salvado del resto, en cambio le hundió más en el pozo de un fracaso que nunca supo ver. Especialmente un error garrafal le acompañará siempre: la elección como mano derecha de Soraya Sáez de Santamaría un personaje perteneciente a una generación nefasta, que ha ido perforando ideológicamente en el partido y cuya característica identitaria es la ausencia de convicciones, o bien el pliegue al pensamiento dominante.

Una caída libre comienza con un despeñamiento. En las últimas elecciones se le escaparon tres millones de votos, perdió la mayoría absoluta, los enconos hacia su partido iban convergiendo. Quedó en una situación de extrema debilidad pero al parecer todo seguía bien. El refugio ende los parabienes que de vez en cuando recibía de Bruselas sobre la economía era salvoconducto más que suficiente. Todo un ejemplo de cuan penumbra causa el voluntarismo en casa propia. En política es regla inmarcesible que el desapego a la realidad conduce a la derrota. Tres aspectos formaron el convoy que le llevó a semejante desatino:

  1. Un mandato sin voluntad. La escasa voluntad de cumplir con aquellas partes de un programa que bajo cambio de criterio chocan con un compendio de intereses partidistas y parlamentarios. No cabe duda que el mandatario dijo nó a la voluntad de cumplir con tales promesas electorales.
  2. Una voluntad sin mandato. La voluntad de no ejercer mando en plaza en asuntos externos al partido, o dicho de otro modo, de no imponer ninguna política que pudiera causar movilizaciones, tumultos, o ataques mediáticos.
  3. Un conciencia de clase que jamás le abandonó. Un funcionario se mueve como pez en el agua en territorio conocido, pero para triunfar en territorio ignoto ha de dejar de pensar como funcionario. Lo mismo le ocurre al parlamentario La burocracia, la tecnocracia, los prebostes, o el sentimiento de pertenencia a las AAPP, o el parlamentarismo no capacitan ni te trasmutan en un dechado de virtudes cuando cruzas el umbral de la gobernación y te conviertes en el timón de una nación. Hace falta un gen, o se tiene o se importa de no ser así el parlamentario o el burócrata tiene los días contados. O eres un político de raza, o te rodeas de la raza.

Se avista el congreso extraordinario para elegir a su sucesor, a la vista de sus últimos ademanes, no hay visos de que Mariano Rajoy haya bajado de la higuera y tomado tierra, luego en lo que dependa de su decisión, la supervivencia de su partido a medio y largo plazo corre peligro.

Eduardo Gómez

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