Para qué ha servido la Filosofía en Colombia (1)

Nota: El presente ensayo es la primera de varias escrituras –más que todo reflexiones que, parafraseando a Göethe, quizás no eluden impunemente que todo lo discreto ha sido ya pensado, tan solo queda volver a pensarlo, otra vez. Se trata acá de una introducción al problema que plantea el título del mismo; y se delinea un rastro histórico del fenómeno, así se identifican interrogantes concomitantes a ello, y se bosqueja al final cierto enfoque crítico del problema, en vistas a sugerir una hoja de ruta para subsiguientes encaminamientos.

Semillero filosofal

Desde un horizonte exclusivista que algunos podrían ironizar de helenísticamente provinciano, en cierta tradición, entre otras, se ha cavilado la esencia del filosofar mediante la formulación en lengua griega, “τι το ον”, qué es el ser; por tanto, habremos de asumir así la necedad quizás que le va suyo a cuestionar la filosofía en términos utilitarios.

Se enuncia de entrada acá –curándonos en salud por síndrome dogmático-, el principio del agudo observador en su artículo ¿y para qué me sirve a mí la filosofía?, al advertir que “Es sensato reiterar que el pluralismo de la filosofía (de ella misma, no solo de sus especialidades) es una realidad desde la que hay que partir” (Ramírez Giraldo, Vicente, 2017). Se fracasaría entonces, antifilosóficamente, si no se acata la conclusión con que este autor cincela tal principio: “Solo ello nos permite tratar de precisar cómo acercarnos fructíferamente a ella y, al tiempo, acercarla a nosotros”.

Por cierto, ya los griegos habían establecido que de las tres esferas que definen propiamente la espiritualidad del hombre, o sea la Religión, el Arte y la Filosofía, a ésta la caracteriza precisamente el que “είναι άχρηστο”, o sea es inútil, porque, me atreveré a desglosar: no sirve para nada.

Aterrizamos en el acto semejante afirmación descorazonante para más de un amante de la filosofía, mediante la sencilla praxis gerencial, a saber: “No hay una profesión en el mundo que te enseñe a pensar tan crítica y lógicamente como la filosofía. No en vano muchas empresas en el mundo, con perfiles comerciales y de producción en países desarrollados, tienen a filósofos como asesores del gerente. Asesoran en cómo pensar”, nos alecciona Alberto De Castro, decano de la División de Humanidades de la Universidad del Norte (2015).

Mas para justificar históricamente en detalle, es sabido que los antiguos griegos habían establecido que la religión y el arte y la filosofía eran esferas del quehacer humano que no se ocupan de los menesteres que contribuyen directamente a los procesos del ganarse la vida –vita reproductiva-; por tanto, en especial la filosofía se consagra a la contemplación –vita contemplativa-, en el puro pensar del hombre (preferentemente al pensar puro del hombre, quizás de místico corte).

Y es mediante este rasgo que, permítasenos la arrogancia, se comprende que entre aquellos griegos clásicos el filosofar auténtico (el pensamiento puro) tiene muy poco o nada que ver con los intereses de este mundo, o sea está por encima del cúmulo de todas las necesidades que agitan -porque dan sentido– la vida de los hombres en todas las épocas y lugares; al respecto también nos asalta acá el dilema existencial contemporáneo “¿tiene sentido la vida?” o incluso, es tan absurda la vida que por eso no merece la pena matarse buscándole sentido –diría un existencialista extremo.

A propósito, uno de los pensamientos más irónicos en fuer de perspicaz sobre aquéllo, lo reflexionó el poeta clásico griego Simónides de Ceos: solo un hombre realmente libre podría consagrarse a filosofar, pues nadie que se halle esclavo a cualquier mundanal necesidad podrá realmente ser libre en cuanto al ejercicio de la pura verdad –moralismo- o de la verdad pura –racionalismo; de modo que según Simónides la filosofía -búsqueda de la verdad a ultranza- solo es dable a los dioses, esto es, seres de veras libres por carecer de necesidades  –por ende solo un ser con la condición de un dios podría ser genuino filósofo; convicción cuya agudeza, de paso, atraviesa hasta la modernidad del último metafísico de Occidente, Martín Heidegger, quien ante la crisis de la civilización actual intuyó y sugirió que “Sólo un dios puede salvarnos”, aunque obviamente lo afirmaba desde una óptica simbólica metafísica y no místico religiosa.

Por su parte, Nietzsche lo llegó a instituir al preguntarse ¿qué es la filosofía?, y respondió: “Es ist das Leben, frei gewählt, auf dem Eis und in den hohen Bergen” (es la vida, libremente elegida, en los hielos y en las altas montañas).

Rastro Histórico

Pero ya descendiendo pies en tierra, desde estas abstracciones onto-metafísicas, habría que conceder validez lógica social e histórica al cuestionamiento ¿para qué ha servido la filosofía en Colombia?, en el acto de advertir y reconocer que la pregunta que interroga por el sentido del ser, que filosóficamente constituye la “ontología” en rigor, es objetivo cuyo alcance no abarca la perspectiva de la interrogante que intitula este ensayo.

En orden de presentación y desarrollo, haremos en consecuencia una breve síntesis histórica de la sobrevivencia de la filosofía en Colombia, teniendo en cuenta el siglo XX hasta nuestros días –ya alguno se podrá preguntar por qué se empieza a afirmar acá que la filosofía en Colombia sobrevive, inquietud que al final de este escrito se podrá despejar al menos un poco.

Se entrecruzan acá los mutuos intereses entre la pregunta para qué ha servido la filosofía en Colombia, con la subjetividad de un ciudadano reflexivo que se interrogara para qué me ha servido a mí la filosofía; pues bien, en tal perspectiva la siguiente semblanza histórica referente al quehacer filosófico en el país, fija en la memoria el sendero de guía para temporal y paulatinamente asumir y asimilar contextos y semánticas que serían difícilmente comprensibles, si se los abordara de otra manera.

Pues bien, ya resulta significativo que la fe y no la razón fue el principio que rigió la orientación filosófica del pueblo colombiano hasta bien entrado el siglo XX: la doctrina católica secular predominante en el país entronizó a la Iglesia en guía de la filosofía, enclaustrándonos en el Tomismo -pensamiento de Santo Tomás de Aquino- como santo y seña reflexivo y formativo; ello redundó en el idiosincrático provincianismo parroquial tan de aquellas épocas –atavismo aún operante en ciertas almas patrias- de considerar que estudiar filosofía, tanto como aspirar a ser filósofo, era en el mejor de los casos empeño de locos cuando no de arriesgada peligrosidad –no exageramos, pues de ello hay testimonios abundantes entre adultos aún sobrevivientes de la vieja guardia, patentado en expresiones tales como “la filosofía es peligrosa para la vida y tanto peor para la juventud”, “leer muchos libros conduce con toda seguridad a la locura”, “un filósofo es antes que nada un amargado y un ateo y a duras penas un pobre diablo”.

Afortunadamente con la llegada de la República Liberal (1930-1945), se impondrían una serie de reformas que dieron al traste con la atmósfera antifilosófica que prevaleció durante la hegemonía conservadora: la reforma constitucional de 1936, defendida por Alfonso López Pumarejo, se propuso acabar con los aspectos religioso confesionales del ordenamiento político y estructural del país, lo cual erosionó el atraso sistémico que caracterizaba la pobre cultura filosófica de la época, la cual en lo sucesivo y ya en realidad como cultura filosófica adquiriría paulatinamente predominio en la autonomía de su ejercicio a raíz de los siguientes hechos.

Culminó entonces el control omnímodo que la Iglesia ejercía sobre la Educación –aunque  lo siguió detentando aún en otras instituciones tanto como en el espíritu tan fatalmente conservador del imaginario nacional-, de modo que sería el Estado el que ejercería su administración: por primera vez en el país el ideal del pensamiento crítico a lo interno del ejercicio investigativo impulsa a la educación superior como su eje de acción, mediante la implementación de laboratorios y bibliotecas, entre otros factores; ello desde luego explica cómo la interdisciplinariedad tanto en el ámbito científico como en el filosófico se teorizó y practicó casi por primera vez acá.

Por otra parte, el sacudimiento del orden internacional con la Guerra Civil Española así como con la Segunda Guerra Mundial, catapultan acá los cuestionamientos y las preguntas en momentos en que las almas estaban inquietas (en ciertas esferas cultas y formadas de la vida nacional y cotidiana) y, por ende, la sociedad se ve incitada por el prurito de apoyo al reformismo sociocultural, por carambola del político: en el medio filosófico cultural, entre otros, de la obra del escritor Baldomero Sanín Cano y sus traducciones y comprometidos comentarios de los grandes filósofos europeos, así como por la onda reflexiva de Ortega y Gasset encrespada en todo el ámbito del pensamiento moderno.

Así que tan consolidada quedó una cultura de cosecha y establecimiento de la filosofía en el medio académico del país, que por eso fue que en 1945, en tal auge de modernización, se crea el Instituto de Filosofía a lo interno de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, irónicamente en momentos colapsantes de la denominada República Liberal (1930-1946); imperdonable no mencionar acá que su logro fue producto del esfuerzo de abogados humanistas, al frente de los cuales estaba el profesor y filósofo por antonomasia Rafael Carrillo, quien fuera el primer director del Instituto. No sobra enfatizar que el objetivo medular de éste fue dar apertura a la vigencia del pensamiento moderno en el acto de sembrar acá sus problemas, de modo que se opacó debilitándose el neotomismo escolástico, que, como ya se mencionó, fue el santo y seña de los últimos 50 años de la República Conservadora.

Son estos hechos los más conspicuos de los momentos fundacionales de la filosofía moderna en el país. Sin embargo, preciso es apuntalar cómo en la década de los cincuenta la filosofía adelantaría grados retrógrados, puesto que subyugada quizás por las presiones históricas del momento –encarnizamiento de la violencia en Colombia, entre otras-, cierta orientación ideológica sesgó la mentalidad investigadora del estudiantado por mor de programas educativos del momento, de inspiración y cuño cristiano dogmático.

Por cierto, en este entramado social histórico se coincide en interpretar cómo el colapso de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en el año 1957, ventila una bocanada de aire fresco a la reflexión filosófica en el país de forma dinámica, al punto de que vuelven a crearse algunos centros de estudios particulares en la disquisición reflexiva.

Como fenómeno probatorio de tal dinamismo por demás novedoso, habría que mencionar la pertinencia en que deviene la praxis de los foros nacionales de filosofía, que eclosionan a mediados de la década de los setentas del siglo pasado: épico antecedente fundacional, pues la academia universitaria principia desde la década de los ochentas la celebración de, por ejemplo, para el caso de la Universidad Santo Tomás, los congresos internacionales de filosofía latino americana, cuya estela de alguna manera conecta y jalona a tantos otros eventos análogos tales como el VI Congreso Colombiano de Filosofía, celebrado en las instalaciones de la Universidad del Norte en Barranquilla, durante agosto del año 2016, y al cual concurrieron 469 conferencistas.

Así entonces, encuentros, invitaciones por universidades a filósofos europeos y de otras latitudes, charlas en espacios abiertos y también institucionales, coloquios, más congresos, debates abiertos entre personalidades en el ámbito de la especialización del pensamiento filosófico, han sido y siguen siendo los derroteros del quehacer espiritual y cultural que enmarcarían idealmente una continua respuesta a la pregunta Para qué ha servido la filosofía en Colombia –por ejemplo pervive en el ojo del huracán pensante la espina en la carne de todas las épocas acerca de la existencia de Dios, desde las dos orillas, tanto creyentes como escépticas, en el medio del más álgido cientificismo hermenéutico: como es el caso del muy reciente debate “¿Es Dios una ilusión”, sostenido por el etólogo, zoólogo, biólogo evolutivo​ y divulgador científico británico Richard Dawkins, y el padre jesuita y prestigioso teólogo entre nosotros, Gerardo Remolina, en la reciente visita a Colombia de Dawkins, y quienes participaron en tres conversatorios (Bogotá, Medellín y Cartagena), en los que se concentraron en responder a aquella curiosa y por siempre angustiosa inquietud.

Enfoque Crítico

Ahora bien, ya para concluir la anterior síntesis –a vuelo de pájaro- de una historización relativa del quehacer de la filosofía en Colombia, habría que plantearse el reto más arriesgado en la propuesta inquisitiva que de su núcleo mismo deviene. En tal veta, usamos no utilitaria sino polémicamente la afirmación del profesor Ramírez Giraldo: «Los contenidos, métodos y temas de la filosofía son tan discutidos y discutibles que las introducciones a ella –fundamentales en los proyectos pedagógicos– suelen derivar en recuentos históricos que nos dicen lo que ha sido la filosofía en contextos remotos, no lo que podría ser aquí y ahora».

En efecto, puesto que preguntarse para qué sirvió y sirve aún la filosofía en Colombia, desde el hecho de que haya servido para algo en concreto, conlleva el natural preocuparse para qué me ha servido a mí la filosofía, desde la subjetividad de un parroquiano y ciudadano común y corriente.

Por ello venimos en conjunto a investigar obligatoria y, perentoriamente, exigir que el breve repaso histórico que se acaba de describir, así como otros más plenos que se hagan, sirvan para enterarnos un poco de no tanto y perentoriamente lo que ha sido la filosofía en contextos remotos, sino lo que debería y podría y, por tanto, tendría que ser aquí y ahora, es decir, en el medio de una Colombia cuyo absurdo y caos empeora la realidad de la farsa trágica tropical sociopolítica y económica de todos los días y, valga la exageración metafórica, desde ya inmemoriales tiempos; y eso para mencionar apenas una de las variables de la trama de la realidad cotidiana en que nos debatimos quizás como Estado fallido fósil, y sin solución de continuidad por su conflicto insoluble, tal y como los griegos clásicos devanaron el drama trágico.

Mas ¿qué es esta ocurrencia Estado fallido fósil? El trasunto de la noción de la fosilización de una sociedad, se sugiere acá desde el concepto que explicitó sobre ello el historiador inglés Arnold J. Toynbee, que en hermenéutica de su filosofía de la historia lo patentó: las civilizaciones nacen, crecen, algunas raras entre ellas padecen esclerosis al estilo de petrificación de sus funciones evolutivas, por mor de embotamiento y rigidez de sus facultades anímicas, y mueren o, para su desdicha imparable, devienen en fósiles vivientes.

¿Sería quizás esta la situación que ya desde ancestros carcome a esta nación? La inquietud al respecto caldea el papel de la filosofía en una sociedad cuya función del pensamiento mantiene en trance, quizás, de servirle para nada –o en todo caso para tan poca cosa-, en fuer del riesgo subyacente a la advertencia del escritor y profesor Ramírez Giraldo, a saber: «Si la filosofía peligra en Colombia o en Ecuador, por ejemplo, peor para Colombia o Ecuador: será algo más en qué ser menos».

Ahora bien, si la pertinencia de esta sombría sospecha de fosilización de la sociedad colombiana tiene alguna coherencia en este contexto, la relevancia complementaria y correspondiente de tal fenómeno mucho tendría que ver con el preguntarnos acerca de la relación causa efecto, ya estrecha o ya remota, entre la ya descrita actividad filosófica que ha habido y sigue habiendo acá en Colombia, y la forma en que el pueblo colombiano haya asumido e incluso usufructuado y, en consecuencia, transformado a raíz de ello.

Por cierto, esto suscita como nunca la por siempre invocación al pensamiento propio, libre e independiente de una sociedad (no tan solo de unos pocos individuos en tanto en cuanto privilegiados eruditos para cenáculos de exquisitos); dado el hecho de apreciarse la real humanización y espiritualidad de una sociedad en razón de la intensidad y angustia con que una multitud crítica de sus miembros se hayan preguntado, más de una vez, para qué me ha servido a mí la filosofía: justamente en la medida en que tratemos de auscultar por el real culpable de que Colombia no solo sea un país anclado en el subdesarrollo prácticamente sistémico, sino que peor aún quizás ya sea un Estado fallido fósil.

Pues bien, más allá del complejo edificio consistente de investigación inter, multi y transdisciplinar al respecto, para tratar de descifrar y buscar vías metodológicas, inclusive, de por qué el pensamiento propio, libre e independiente no ha sido precisamente el santo y seña de los procesos de conformación de ciudadanía, en el pueblo colombiano, ya es diciente en uno de los sentidos significativo del objeto de este ensayo que, según el profesor Medófilo Medina, en su artículo Las iglesias cristianas y la política en Colombia:

«… no es sorprendente que hoy en Colombia estén registradas 6.000 iglesias en la Oficina de Asuntos Religiosos del Ministerio del Interior (…) podría estimarse que en 2017 hay 6.021.000 colombianos pertenecientes a nuevos movimientos cristianos-protestantes. Los pastores suelen hablar de diez millones, aunque lo hacen confiando más en sus aspiraciones que en las cifras», real estadística que dora la perla al analizar que «La influencia política de las iglesias cristianas es innegable, pero para llegar hasta este punto recorrieron un largo camino de exclusión y persecución. ¿Cómo y desde cuándo lograron extender tanto su influencia? ¿Cómo la han utilizado desde entonces?», y, en tónica propositiva Medina sugiere: «…es necesario promover una discusión abierta con las bases de esas organizaciones religiosas. Hay elementos del debate entre las bases evangélicas, protestantes y cristianas que indican que muchos fieles no quieren seguir siendo objeto de la manipulación». (la cursiva es nuestra)

Dejamos entonces acá las tareas sugeridas, a través de las reflexiones que dieron lugar a interrogantes a tratar y apenas intentar desbrozar y auscultar en próxima entrega prometida del presente ensayo: coherentes no solo con el enfatizar del último metafísico de Occidente, a saber: “el preguntar es la beatitud del pensar”, sino también con la no escrita sugerencia porque es válida para todos los tiempos: La filosofía es una ciencia que sigue buscándose a sí misma, tal cual nosotros continuamos buscándonos a nosotros mismos en la prosecución de interrogarnos para qué ha servido la filosofía en Colombia.

Ricardo Antonio Marín Baena

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