Instrucciones para sobrevivir a la ira -(a mi manera)-

No tocar.
Puede estallar en mil pedazos
y llegar, a destino no buscado,
en forma de dardos a diana,
dañando, con minúscula intención,
a quien nada lo merece.

No desplazar.
Una vez identificada,
cuidar, con sumo detalle, los movimientos.
Un único paso en falso, puede hacerla desatar.

No bromear con ella.
La risa de uno mismo
puede ser la mejor inteligencia.
Pero se debe elegir hora, minuto y segundo pertinentes;
de lo contrario, puede accionarse sin control alguno.

No sumar importancia.
La bola que aprieta el pecho, es.
Y tiene vida propia.
Cuidado al hacerla más grande,
puede enquistar y convertirse, rápido,
en avalancha que arrasa con todo aquel que ose,
respirar a su lado.

No liberar.
Ojo, este momento es más peligroso.
Saber que está a punto de estallar,
y que tu debilidad puede hacerte perder fuerza.
Intentar, en todo momento,
no agitar, temblar o apretar,
y, sobre todas las cosas,
procurar no detonar si hay ser vivo enfrente.
Menos aún si es alguien querido,
que las consecuencias pueden no tener retorno.

Se aconseja correr.
Elige un camino en soledad,
-a falta de parque de atracciones emocional-
y empieza a correr, hasta la extenuación y rápido.
Cada vez más rápido.
Cuando notes que la bola sube
y se hace más presente,
tanto que asfixia,
empieza a gritar,
muy fuerte, quédate sin voz.
Y si salen lágrimas,
déjalas correr también.

Frena ahora en seco.
Respira.
Repítelo.
Hasta que empieces a notar,
que la bola se reduce a pelota de ping pong,
luego a canica
y, por último, a arenilla de playa.

Recuerda bien estos pasos,
se aconseja repetirlos a menudo,
tantas veces como bolas aparezcan en el pecho.

Al fin y al cabo,
nuestra naturaleza animal,
y la ira que también lo es,
es así.

Reyes

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