La búsqueda de colores entre tanto oscuro

Una, cuando crece, espera un horizonte limpio,
naturaleza infinita con muchos hayedos,
cascadas ruidosas y olores vivos,
hasta de colores.

Una, espera, vistas bonitas,
y un lugar tan seguro y protegido,
como los brazos de una madre.

También una, cuando crece, espera dormir a pierna suelta,
y nunca mirar atrás deseando rebobinar,
sólo avanzar firme y convencida,
sin lugar para la culpa y el miedo.

Una, cuando crece, no piensa en sufrir,
ni en doler ni que la duelan.

Tampoco, en lo que quedará un corazón despedazado,
y mucho menos en lo que costará recomponerlo.

Una, cuando crece, espera que “no ha lugar” para lo injusto,
que no tendrá que callar lo que no se debe.

Presiente un viaje sencillo,
y que el mundo bailará rápido o lento,
según el ritmo que siempre se desee.

Una, cuando crece, supone la muerte de lejos,
sólo para las vidas vividas, ancianas, ya muy cansadas.

Las despedidas, ocurren sólo en vidas ajenas,
como películas que nunca llegarán a estrenarse en la propia.

Una, quiere todo, y sin embargo,
el cuento acaba cuando, un día,
aquella que crecía, se hace mayor.

Y se da cuenta, a golpes de realidad,
que duele.

Que el ser humano va sobrado de maldad,
en cualquiera de sus formas.

Que lo divino, también arrebata, y se vuelve muy feo,
y que ni el ombligo propio sabe de justicia.

Ya no hay paisaje, porque está contaminado,
suicidio de la humanidad,
Respirando odio a espuertas,
y señalando al diferente.

Es así, como una, cuando crece,
empequeñece,
y se asusta,
al comprender que el mundo no es un lugar tan habitable.

Y entonces, una, hace lo que puede para ir pisando,
sorteando eses y esquivando lodos,
sin buscar ya grandes horizontes,
luchando por sellar, todo lo pequeño y bonito que le regalan,
debajo de la piel,
para que no se pierda,
para que no se olvide,
para que devuelva la fe,
cuando ésta ya está perdida.

Reyes

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