La tiranía de la libertad

La Unión Europea ha dicho en multitud de ocasiones que defenderá sus valores, los cuales son la libertad, la solidaridad y los derechos humanos. Hoy nos ocuparemos del primero. ya que su influencia en el resto es decisiva.

La libertad es probablemente uno de los conceptos  más omnipresentes en nuestras vidas. ¿Cuantas personas si fueran encuestadas sobre lo que valoran de manera primordial o aquello por lo que lucharían de manera denodada no pondrían en su boca la palabra libertad?.

El bien más preciado en nuestra sociedad, así al menos se postula. Todo lo pasamos por el filtro de la libertad, representa la base de nuestro sentir y la cúspide de nuestro estar. El problema es que hemos asumido un concepto de libertad tan orgánico que hemos perdido la perspectiva de todos sus intangibles.

Los símiles suelen ser útiles para desnudar las fragancias y descubrir sus esencias. Si la libertad es como la materia orgánica (algo material que puede ser atacado por todo tipo de hongos y bacterias) será igual de biodegradable en cambio si la concebimos como un ente inorgánico podrá ser atacada pero no se podrá degradar.

¿Que podríamos entender por libertad orgánica?: libertad para votar, asociarse, manifestarse, expresarse, ocupar espacios públicos etc. Tales actos de libertad pueden ser malinterpretados y ejecutados en detrimento de la libertad de otros (una libertad liberticida). ¿Acaso en nombre de la libertad  tenemos derecho a ocupar una vivienda ajena, hacerle la vida imposible a nuestros vecinos, boicotear a nuestros competidores, silenciar a nuestros contrarios, o atentar contra  aquellos que sean cultural o religiosamente divergentes?.

La libertad tangible no es un fin pues no tiene valor por si misma e incluso no genera ninguna satisfacción directa, es el uso de esa facultad lo que nos conduce a diferentes situaciones a nosotros y por ende a los demás. Un uso cuya legitimidad parte del conocimiento de que el resto de conciudadanos están igualmente legitimados a emplearla. Estamos ante un espacio compartido, que tiene como fronteras la responsabilidad de nuestros actos sobre las vidas ajenas.

Esto conecta en cierto modo con el libre albedrío que preconizaba la doctrina social de la Iglesia Católica cuando establecía que la libertad no era sinónimo de independencia al hacer referencia al poder de decisión basado en la voluntad pero también en la razón ( en el sentido de verdad y justicia), lo que también concuerda con una concepción más pagana: facultad para elegir de forma responsable (esto es, asumiendo no solo nuestros derechos sino también nuestros deberes) la propia forma de actuar dentro de una sociedad. Por eso solo se protege si se vela por los derechos a los que se puede vincular (sus intangibles): la dignidad humana y el derecho al honor.

Cuando nos ceñimos exclusivamente a la libertad de actuación del individuo sin más y completamente desprovista de corte  moral, nada la puede garantizar, con lo cual más pronto que tarde será vulnerada. Si además sacralizamos esa manera de entenderla, cada vez que una facción de la sociedad este disconforme con las normas que rigen la convivencia, al amparo de un concepto artificioso de una libertad que acaba sirviendo para cualquier pretexto oscuro, podrá truncarlas o saltárselas con consecuencias imprevisibles.

El resultado a lo largo de la Historia ha sido millones y millones de muertos, los que engrosan las listas de asesinados en nombre de la libertad, tantos como en nombre de la tiranía. El gran Chesterton probablemente lo hubiera llamado “la tiranía de la libertad” .Hasta el punto de que acabar con las vidas ajenas en nombre de la libertad se ha considerado más admisible que hacerlo a la salud de un poder omnímodo siempre que ese poder omnímodo no hable en nombre de la liberación.

Sin moral, ni ética, ni bushido (aquello que los japoneses entendían por honor) no hay defensa de la libertad sino conquistas impías bajo su bandera. En nombre de la libertad llevamos toda la vida cavando su tumba, que se lo digan a un tal Robespierre para quién la revolución era la guerra de la libertad contra sus enemigos. Así que anden con Dios y lleven cuidado porque algún día  podrían ser declarados enemigos de la libertad.

Eduardo Gomez

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