Opinión: La Jauría

El lacayismo de nuevo cuño está hecho para los amantes de las nuevas consignas coactivas,titulares tan rimbombantes  como el delito de odio, la libertad de expresión, el heteropatriarcado, u otros que hacen caminar en el alambre a una sociedad cuyo proceso de desmantelamiento irracional sigue su curso.

El despropósito ha pasado de estar de vacaciones por España a convertirla en su lugar de residencia. La última consigna de moda en el país de los despropósitos inducidos con un propósito determinado es la manada: dícese de aquel grupo de animales de una misma especie que pululan juntos. En el contexto de las fechorías, las manadas a menudo saben a qué rebaño dirigirse para saciar sus necesidades e instintos depredadores. Sin embargo, bien adiestradas pueden ser empleadas en cacerías.

Si tuviéramos presente a qué ritmo nos estamos animalizando, detectaríamos muchas peligrosas manadas a nuestro derredor. La cruda realidad indica otra cosa bien distinta: solo hemos tenido ojos para una de ellas, una cualquiera: un grupo de bribones que abuso sexualmente de una chica en las pasadas fiestas de San Fermín. La sentencia judicial del caso donde se apreció abuso pero no violación, ha convertido el asunto en un polvorín.

Como consecuencia otra manada; la de los igualistastros ha mandado a sus turbas a inundar las calles. Ya se han encargado desde los diferentes medios de abducción -mal llamados de comunicación- de difundir su propaganda para ilegitimizar la sentencia y exigir que el pueblo pueda terciar directamente en la misma si no la considera justa. La última vez que el poder correspondiente tuvo la genial idea de dejar la decisión judicial en manos del pueblo, éste liberó a Barrabás y condenó a Jesucristo, luego a primera vista no parece muy recomendable aplicar el Pilatismo a la justicia española.

No hay justicia en tratar de condenar a una manada azuzando la beligerancia de otras contra el poder judicial. He aquí donde llegamos al concepto de jauría: conjunto de animales que participan en una caza dirigida , o lo que es lo mismo, en una cacería. En los últimos días hemos asistido a dos jaurías muy distintas:

a) Por un lado la que se ha orquestado contra la progresista Cifuentes. Como sabemos culminó con la cochambrosa publicación de un video donde había hurtado un par de cremas. Cifuentes tuvo que acabar dimitiendo como presidenta de la Comunidad de Madrid y como presidente del PP en Madrid, los conductores de la jauría habían conseguido su objetivo; había que despedazar la presa hasta su claudicación.

Esos grandes medios, siempre eficaces en la tarea de picar carne, siempre expertos en blanquear sus propias cacerías convertidas en gajes de un periodismo saludable. En ese turbio asunto, ninguna manada ha sido identificada. Los mismos medios no hallaron manada alguna en un grupo de argelinos, en concreto diez, que violaron a tres menores de edad (a una de ellas durante veinticuatro horas) en la ciudad de Alicante. Cuatro de ellos fueron absueltos. Casualmente no invadió las calles ninguna manada del feminismo igualitastra en pos de una justicia poética.

Los delitos sexuales perpetrados por mahometanos carecen de interés. La incapacidad de esta carnaza para soliviantar a las masas les convierte en materia estéril para los propósitos traídos entre manos por los directores de la jauría que conducen las huestes feministas.

b) Por otro lado, tenemos la que se ha orquestado para presionar al poder judicial sobre la sentencia de la única manada que ha sido identificada, según la cual no hubo violación sino abuso por lo tanto la condena a prisión quedaba reducida a nueve años. El enorme ruido mediático del asunto ha contribuido a lanzar a las calles a multitud de manifestantes maneados.

En asuntos de jaurías, la manada no es más que la voz de su amo, que en este asunto ya había fijado como objetivo de hacer extensivo el término “ manada” a todos los miembros del sexo masculino pertenecientes a la especie humana e indicarle al vulgo de ansias caninas cuál era su presa: el poder judicial. El asunto de los violadores, o abusadores sanfermineros ha sido la maniobra de distracción perfecta para coaccionar al poder judicial.

El ministro de Justicia, ese al que llaman Catalá, no ha tardado en ponerse de rodillas ante las turbas que quieren imponer el Pilatismo, bien se ha apresurado a cuestionar el poder judicial, en especial al juez que emitió el voto particular en el juicio diciendo que tenía un problema singular, como singular ha sido la hincada de rodillas del ministro. Semejante perfidia ha dado lugar a un comunicado en el que los jueces y fiscales de Navarra exigen su dimisión.

El presidente del Gobierno también ha clamado a favor de la necesidad de hacer cambios en el Código Penal, da igual en este caso que sea en frío o en caliente, lo que importe es que la corriente les mantenga a flote en lugar de hundirles. Es decir, no solo el ministro de justicia sino el gobierno en general se ha dejado arrastrar por la corriente.

Cabe preguntarse si cada vez que las urdiendas de la política y los medios echen al pueblo a la calle y monten una cacería, habrá que cambiar la ley. Solo podría darse ya un dislate mayor: cambiar el sistema judicial español por el venalismo francés acaecido en la Edad Media y Moderna, cuando se vendían los cargos públicos al mejor postor (menos los de la Casa del Rey y los del ejercito) incluidos los de justicia, cuando los jueces se hacían pagar por los litigantes antes de dictar sentencias. Esa justicia que tanto gustaba a Montesquieu.

Tal vez sea ése el camino, quizá estemos sentando las bases de un venialismo a la ibérica: aquel que consiste no en comerciar con los cargos pero si en traficar electoralmente con las sentencias y las leyes para alimentar a las manadas. De momento se abre la veda pero como es normal no en todos lo casos; para los violadores argelinos de Alicante, nadie ha pedido soslayar sentencias y cambios de legislación, tampoco ha ocurrido así para aquel señor de 80 años condenado a ir a prisión por defender con un arma su vida y la de su familia ante los maleantes que entraron en su vivienda.

En cualquier caso, no hay porqué estupefactarse, ¿desde cuándo las cacerías no fueron selectivas?. En la cacería, los maneados obedecen y nadie quiere ser la presa, ergo el peligro no es la manada, es la jauría.

Eduardo Gómez

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