Origen [Poesía]

Piel de sol, ojos de destello,
siento tu ausencia como un presagio interminable,
igual al llanto y la zozobra de las madres,
que claman justicia en esta tierra de nadie.

En este puerto ya no anclan los amores,
se tiñe el mar con sangre  de inocentes… y  callo,
el cielo va perdiendo los matices… y enmudezco,
me abriga el resquemor del aire como una mordaza.

¿A quién hemos de llorar tu falta?…
Si el poderoso te juzga igual que a lo profano.
¿A quién hemos de clamar justicia?…
si tu nombre olvidan con total desafano.

Niña piel de sol y ojos de destello,
tu lindura tratan de eclipsar con dudas,
no podrán las llamas de sus lenguas,
quemar el brillo de las alas tuyas.

Niña piel dorada, eres un ángel,
derrumbaron tus sueños con tanta saña,
aniquilaron la grandeza de tus ojos,
pero no podrán callar voces que arañan.

Voces que no sucumben ante el miedo de tu ausencia.
Llantos que no cesan tras la burla del infame,
que jurará haber visto tus manos en el fango
y manchará tu nombre sin poder nombrarlo.

Niña eres eco de otras flores que marchitan en olvido,
flores que no sentirán el rocío que despiden las mañanas,
porque no lograron extender sus pétalos y abrazar al sol.

Porque nadie gritó ¡basta!…
cuando la mano que blandía el tallo te dejó caer.
Y nadie gritó ¡basta!…
cuando paró tu llanto y no volviste a florecer.
Y nadie gritó ¡basta!…
cuando dijiste basta y se quedó en murmullo.

Por esas voces que callaron,
las nuestras vibrarán más fuerte.
Que no hay vida sin muerte,
y no hay pecado sin condena.
Que es tan culpable el que te silencia,
como el que te ve caer y disimula ausencia.
Que es tan victima quien sufre la afrenta,
como quien toma tu mano y lo enfrenta.

Mariana Marce Villegas

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