Los perros que no deambularán por el Valle del Cacique Upar

Con una habilidad turbadora y el sigilo propio del avezado cazador, el escurridizo aborigen  atraviesa diestramente  al gozque callejero con su lanza, que por alguna razón le produce cierta parálisis muy similar al estupor -condición clínica que en veterinaria describe la reacción del animal atropellado en una vía pública- mientras que en cuestión de segundos, su acompañante; (una mujer indígena con sus atavíos  y crio cargado en la espalda), machete en mano, asesta un certero y calculado golpe en la base de la testa que induce al coma o inmovilidad general, irreversible para el animal, y así de forma rápida es embolsado en el costal cargado al hombro ágilmente, para  esfumarse del lugar de la escena en la misma forma que emergieron.

No es el relato imaginario de una acción de cacería en un bosque o lejana selva, es la narración verídica de lo que en plenas calles de Valledupar, en espasmódicos momentos del día o de la noche ha estado acaeciendo y ante cualquier grupo de personas, que en el afán dicharachero, no alcanzan a dimensionar lo que realmente transcurre a su alrededor, solo que los transeúntes – observan despreocupadamente al pequeño grupo nativo, alejarse sin intención alguna de llamar la atención, pero con el botín al hombro –

El coto de caza, está en la urbe y los animales perseguidos son los perros callejeros.

¿Como se explica hoy, que no se tropiecen caninos deambulando por céntricas y concurridas calles de Valledupar?  ¿De dónde, esa pasmosa calma perruna en los sitios de comidas chatarra?

De todos modos, agrada hasta cierto punto observar, que en restaurantes orillados en la vía publica, del tránsito por las revueltas calles citadinas y en traslación por la ciclo-ruta, no se atraviesa el canino, que hace perder los estribos a cualquiera y obliga a vociferar “quítese de ahí perro chandoso”, como si, pasa con ciertos politiqueros que pretenderán ahora deambular y franquear los sitios públicos para notificar al ciudadano de su existencia y deseos de ser elegido en el gobierno.

Por convencimientos culturales, es muy extraño que en nuestro medio se considere consumir carne de perro, como suplemento alimenticio, y más si se llega a considerar que de pronto se está almorzando a un “amigo”, razón realmente poderosa para no aceptar que ésta costillita ahumada, no es de peor calidad de otras, tampoco que sea mala para la salud, ni tóxica, simplemente que no consumirla es un gravamen emocional diferente de tener patos, pollos o peces como mascotas. Hasta los hindúes que adoran a sus vacas, a veces se comen a sus perros.

Sabido es que la cocina oriental tiene preferencia por los platos aderezados con carne de perro como ingrediente principal, Corea, China, Japón, Vietnam, Taiwán, Filipinas e Indonesia disfrutan del sabor perruno y de la fuerza y virilidad que proporciona cada ración, también se sabe de la habilidad de los nativos nuestros para dominar el arte de atrapar la presa sin el barullo y el escándalo de la persecución.

Ante realidades de extrema necesidad y otras, sin los remilgos sociales y culturales impuestos, en épocas de guerra y posconflictos, se ha consumido carne de perros y gatos para solventar en parte las amenazas de hambruna, como las del pasado reciente en la misma Europa. Una norma religiosa de los clérigos islámicos dentro del conflicto sirio desde el 2013, permite consumir carne de perro a la población.

Las condiciones creadas para la escasez de alimentos están dadas y vienen caminando desde la maltrecha Venezuela, con la inclusión que trae la migración y el  desplazamiento de mucha gente que huye aterida de un régimen, que impondrá condiciones peores que las de comer mascotas para soliviar el hambre, mientras llega el momento del desenlace final.

La escasez de perros se avecina y habrá que cuidar del que se tiene en casa.

Por ahora, disfruta de un buen “perro caliente” y de las calles de tu ciudad sin perramenta.

Alfonso Suárez

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