Las pruebas de las brutales prácticas de crucifixión de los antiguos romanos

Solo dos pruebas físicas de crucifixión han sido halladas hasta ahora. La primera la encontraron hace medio siglo en Jerusalén.

Las pruebas de las brutales prácticas de crucifixión de los antiguos romanos

Un esqueleto de 2.000 años de antigüedad de un hombre que murió crucificado fue descubierto recientemente por un grupo de arqueólogos italianos, así lo recoge un análisis publicado en la revista Archaeological and Anthropological Sciences.

Los romanos practicaron la crucifixión como método de tortura por casi mil años, pero no se han encontraba mayor cantidad de pruebas físicas de ello. De hecho con este esqueleto ascienden a dos los casos documentados de crucifixión en el mundo antiguo y de allí su importancia, tal como lo destacó una de las autoras del estudio, Ursula Thun Hohenstein, de la Universidad de Ferrara. Se cree que los pocos restos de crucifixiones encontrados tienen su explicación en que las cruces eran de madera y se deterioraban rápidamente, además los clavos se extraían de las víctimas.

prueba de crucifixiónExcavaciones en Padana

Durante las excavaciones de una tumba en la llanura italiana de Padana, que se ubica a unos 60 kilómetros de Venecia, se halló este esqueleto, que perteneció a un hombre de unos 30 a 35 años de edad. Según los investigadores, este presentaba una rara lesión en el hueso del talón. Luego realizar un análisis detallado de los restos, llegaron a la conclusión de que esa lesión puede deberse a que el talón de la víctima fue clavado antes de morir.

Aunque una crucifixión es la principal causa que los investigadores atribuyen a la lesión encontrada en el esqueleto, advierten que la mala conservación de la superficie de los huesos, así como los daños y huecos presentes, hace que una interpretación exacta sea mucho más complicada.

casos documentados de crucifixiónLa primera prueba

En 1968 fue hallada en Jerusalén la primera prueba de crucifixión, de mano del arqueólogo griego Vassilios Tzaferis. Los restos pertenecían a un hombre judío que tenía un clavo enorme en el talón, de 18 centímetros aproximadamente; y que además estaba unido a un pedazo de madera que, se presume, podría ser un resto de la cruz en la que fue clavado.

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