Luchar, huir o congelarse: las reacciones durante y después del sismo

Derivado del sismo que vivimos los mexicanos hace casi un mes, toda una serie de reacciones se han suscitado: desde quienes rápidamente han actuado participando en las labores de rescate, acopio, difusión de información, entre otras; aquellos que se han manifestado y reclamado que las autoridades hagan presencia y destinen recursos a la recuperación; algunos más, que ante el impacto sufrido se han retirado, aislado e incluso hecho maletas para irse a vivir a otro lado (no me refiero a quienes perdieron sus casas, sino a quienes temiendo un nuevo sismo han preferido no estar presentes); y asimismo, aquellos quienes todavía no pueden procesar lo sucedido, que son incapaces de contactar con sus propias emociones y las de otros, en una especie de anestesia emocional.

Todas ellas me parece, representan distintas formas de responder ante el estrés: la pérdida de seres queridos, como la muerte de un cónyuge, de un familiar cercano – y qué más cercano puede haber en el caso de de una madre o un padre que la muerte de un hijo, o el cambio en las condiciones de vida para quienes han perdido el lugar en el que vivían- representan tan solo algunos de los llamados estresores vitales más importantes que un ser humano puede enfrentar.

Walter Cannon, quien junto con Hans Selye, son dos de los pioneros en el campo del estrés, fue el primero en describir esta respuesta de luchar o huir (fight or flight en inglés), como respuestas típicas ante algo que representa una amenaza. Esta parece ser una respuesta heredada de nuestros antepasados, los hombres primitivos, quienes hacían exactamente esto, luchar o huir, cuando enfrentaban una amenaza. Posteriormente, otros autores se han referido a la importancia de nuestra percepción, tanto de la amenaza como de los recursos que tenemos para enfrentarla, pues dependerá de ésta, el que elijamos actuar de una u otra manera.

No obstante, también sabemos de una tercera posibilidad: la respuesta de congelarse o paralizarse ante el peligro (freeze). Esta es una respuesta que podemos observar en algunos animales – la presa, cuando es atrapada y dominada por el depredador, es capaz de fingir su propia muerte para impedir que el segundo siga atacándola y/o se aleje -.

En el caso de los seres humanos, la respuesta de congelarse o paralizarse ante el peligro la observamos en situaciones en las que la persona no ve forma de enfrentar o huir de la situación: por ejemplo, ser víctima de un ataque sexual, de bullying o como en el caso de los desastres naturales, en los que la persona no ve ninguna salida posible y simplemente se paraliza sin oponer ninguna resistencia.

Esta respuesta puede prolongarse, y a la larga, son estas personas, quienes se cree son más propensos a sufrir de un trauma psicológico en relación al evento.

En ese sentido, vale la pena señalar, que los síntomas que podemos experimentar en relación a este evento como angustia, miedo, nerviosismo, taquicardia, agitación, entre otros, pueden ser normales y son esperados ante un evento de gran magnitud. Es a partir de las cuatro semanas, cuando los síntomas no desaparecen, que hablamos de un ESTRÉS POSTRAUMATICO que requiere atención.

En las primeras cuatro semanas, lo recomendable es emplear medidas de autocuidado y  recuperación que ayuden a reducir lo que llamamos activación fisiológica (señales de alerta de nuestro organismo), así como el uso de técnicas para el  reprocesamiento de la información, para que los síntomas disminuyan y a su vez las posibilidades de trauma.

Si en estos momentos, a casi un mes del evento los síntomas persisten, es importante recibir atención especializada.

Psic. Claudia Juárez

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