Scarlet Street

Si la perversidad no tiene sexo, ¿porque ha de tenerlo la violencia o el maltrato?. Las estadísticas empleadas con rigor y honestidad pueden ser una fuente de información estructurada muy útil pero su empleo para crear corrientes de opinión, tendencias, y moralidad de diseño es algo perverso. Mientras la violencia de género ocupa portada tras portada y campaña tras campaña la idea de que el machismo es la peste negra del siglo XXI cobra cada vez más fuerza.

Todo se ampara en una estrategia torticera de manejo estadístico. La contrarréplica ha acabado por hacer acto de presencia y desde el otro lado salen a la luz estadísticas de denuncias falsas, hombre asesinados por sus mujeres, maltratados etc. Porque las estadísticas bien empleadas son una herramienta útil pero mal empleadas son como las armas de fuego, las carga el diablo.

Pongamos un ejemplo sencillo, a partir de datos publicados por la revista Forbes: ¿Qué pensarían ustedes si les dijera que una novela como “Cincuenta sombras de Grey” ha sido leída por más de 70 millones de personas de los cuales el 80% son mujeres?. ¿Acaso significa eso que las mujeres gustan de leer novelas donde el protagonista somete y denigra a su concubina, y por tanto son machistas? ¿Estaría en lo cierto al afirmar que las mujeres sienten devoción hacia la figura del machista maltratador?. Evidentemente no. Sería una superchería y en el mejor de los supuestos, una conjetura. La novela puede contener otros elementos adicionales, tangibles o intangibles, que pueden haber sido sesgados por la opinión de un servidor y que bien pudieran ser relevantes para su lectura.

Existe una verdad incuestionable: la inmensa mayoría de seguidores del fenómeno Grey son mujeres, alrededor del cual mediante una publicidad agresiva se podría inducir a transmitir una mentira descomunal: las mujeres leen la novela porque el poder de convocatoria de la sumisión y el maltrato es muy elevado. Más si cabe teniendo en cuenta que casi todas las mujeres defienden la igualdad (o por desgracia la superioridad en caso de algunos colectivos feministas). Es lo que ocurre cuando se trata de defender una verdad (la igualdad de derechos entre hombre y mujer) con una mentira (el hombre en su machismo recalcitrante no lo acepta y utiliza todos los medios violentos a su alcance), es el principio de la perversidad. De eso precisamente quiero hablarles en este mini ensayo. Más tarde volveremos a Grey.

Perversidad fue un clásico de cine negro de los años 40, una magnífica película estrenada en 1945. El título original era “Scarlet Street “pero para su distribución en España se tradujo como Perversidad o Mala Mujer. ¿Se imaginan semejante título cinematográfico en la industria del cine actual?, levantaría ríos de pólvora. Protagonizada por el por aquel entonces estelar Edward G. Robinson, bien podría ser un retrato de nuestros tiempos donde la concentración de maldad humana hombre-mujer es tan intensa que todo acaba saltando por los aires y la victima termina por convertirse en lobo de su falso amor y el cómplice. Un retrato que de ser real estaría tapado por la publicidad generista.

La historia nos conduce a una trama para engañar a un candoroso y débil empleado de banca, maquinada por una chica y su novio que no es más que un vividor y un maltratador de la cabeza a los pies; la película concentra todos los elementos denunciados a día de hoy: un maltratador, una mujer maltratada por su novio al tiempo que de manera despiadada y vil se aprovecha de la debilidad de un hombre desdichado en su matrimonio, quién a su vez después de acometer un desfalco en su empresa cuando descubre el engaño y es humillado frontalmente con la mayor de las crueldades, acaba con la vida de su amada.

Al final, cosas del destino, resulta acusado y condenado a la silla eléctrica por el crimen el novio maltratador de la chica, mientras que el autor del crimen pasional (hoy lo llamarían violencia de género) acaba sin trabajo, vagabundeando, viviendo en la indigencia, destrozado por la amargura y el arrepentimiento, gritando a los cuatro vientos que él había sido el autor de aquel espantoso crimen. Nadie le creyó (perdón por los spoilers). Una historia tan cruda como la vida misma, con una peculiaridad interesante, de haber sido una realidad, para el mundo de las estadísticas y sus incondicionales solo existirían el culpable y la víctima oficiales, nadie jamás se preguntaría ni que ocurrió ni porqué.

Las estadísticas también juegan un papel perverso, pueden ser utilizadas en contra de unos y a favor de otros y viceversa, quienes las manejan a su antojo son hoy día los directores de esa perversidad que tiene como protagonistas a los hombres y mujeres que engrosan las cifras de maltrato. Como diría aquel gran entrenador de baloncesto, Boza Maljkovic, las estadísticas son como los bikinis; muestran algo pero no todo.

En el centro de la actualidad se encuentra la figura del hombre como objeto de la propaganda propalada bajo el título de “El hombre mata a la mujer por el hecho de serlo”, toda una perversión, como resultado de otra perversidad más. Imposible descubrir una mal creando otra mayor, cuando el objetivo es taparlo, correr un tupido velo sobre el problema moral que mana esa palabra; “perversidad”. Retrotraer al público a una moral objetiva y un sentido común (que encima de todo están vinculados a la cultura cristiana) es algo inadmisible para quienes la defenestran a diario, solo queda una opción: La huida hacia adelante, la construcción de un relato. Siempre fue más fácil encontrar culpables que buscar respuestas.

Existen cinco argumentos de peso para que la propaganda acerca del machismo diabólico quede hecha puré:

a) Sin un compromiso moral, la debilidad humana nos arrastra hacia encrucijadas de penumbra y allende espera la tragedia (moraleja de Scarlet Street).

b) En una sociedad cuyas instituciones y opinión pública defiende la igualdad de derechos no caben generalizaciones absurdas, infundadas e indemostrables, la responsabilidad, tal como instruye el ordenamiento jurídico, no se ciñe a un solo sexo, es mancomunada.

c) Convertir a uno de los dos sexos en el chivo expiatorio de un problema común y bidireccional constituye una bomba de relojería de detonaciones continuas y sucesivas.

d) Si identificado el culpable siendo centro de todas las miradas y juicios (el hombre), el problema persiste y se agudiza, estamos ante un diagnóstico fallido, o de lo contrario vamos camino de que los hombres salgan a la calle con grilletes en todas sus extremidades.

e) Analizar y concluir sobre un problema social, solo con datos cuantitativos desdeñando los cualitativos, constituye una manera de castrar la realidad (el bikini del que hablaba Maljkovic).

Son muchos los millones de espectadores y lectores que han conocido a Grey, el icono del maltrato masculino edulcorado (y quién sabe si aplaudido entre bambalinas por el feminismo), la triple fantasía en la que subyace que solo el macho díscolo tiene la patente del maltrato, que hay una manera de denigrar y someter capaz de generar amor, y que dicha conducta puede tener una coartada, o justificación si el maltratador fue vampirizado por otro u otra de su progenie en el periodo púber.

En “Scarlet Street” hay: un maltratador físico y psicológico (el sinvergüenza malote novio de la joven embaucadora), una maltratadora psíquica (la novia del delincuente) y un hombre que devorado por sus emociones da muerte a su musa (la novia del delincuente que lo había engañado y humillado).

En suma, todos acaban sobrepasados por los acontecimientos, a todos se los lleva por delante el vendaval de sus peores instintos. Si desean saber en qué consiste la perversidad y cuáles son sus consecuencias, antes de la borrachera diaria de estadísticas y campañas acerca del asunto, les recomiendo la cinta cinematográfica del director Fritz Lang. Hay quien lo denomina violencia de género, otros lo llamamos perversidad. Y es que los clásicos nunca mueren.

Eduardo Gómez

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